MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Crónicas desde la cuenta atrás. El día que Mariscal cobró siete millones de euros por el logo de Bancaja y después se fue a cenar con el que mató a Manolete


“Un día los enanos se rebelarán contra Gulliver. Todos los hombres de corazón diminuto, armados con palos y con hoces asaltarán al único gigante con sus pequeños rencores, con su bilis, con su rabia de enanos afeitados y miopes. Pobre de ti, Gulliver, el día que todos los enanos unan sus herramientas y su odio, sus costumbres, sus vicios, sus carteras, sus horarios. No podrán perdonarte que seas alto. Para ellos la generosidad no es más que un lujo que no pueden pagarse. Viven alimentados por la envidia que los habita en forma de costumbre. Míralos revolverse recelosos tras sus gafas de concha”. (Joaquín S.) Publicado en Visual 177


Mariscal se sinceró hace poco en una entrevista en un digital de modesta difusión. Bien está la gente que da la cara también cuando la realidad no le sonríe tanto. Una agencia de prensa y los medios generalistas después convierten en literal una metáfora sobre manteros y sombreros –de la calidad del periodismo de hoy habría mucho que hablar– y hacen carnaza. Bueno, era un riesgo. Lo que se ha vivido después en las redes, en los patios de diseñadores, eso debería preocuparnos.
Mariscal no es amigo mío. Me refiero a que no nos llamamos ni nos hemos visto en ninguna ocasión fuera de cosas de trabajo… Bueno, sí. Me invitó una vez a un fiestón, creo que fue cuando cumplió los cincuenta, no estoy seguro. Hemos coincidido en algunas comidas y cenas, en pesebres de diseño, en alguna mesa redonda, en entregas de premios nacionales, en algún jurado y en un par de juergas. Porque Mariscal es un tipo con el que irse de juerga, ténganlo por seguro. En el mejor sentido de la palabra juerga. Nos caemos bien, él a mi sí, al menos, y tenemos bastantes amigos comunes. Creo que de habernos tratado más, seríamos amigos. Pero no lo somos.
Conozco gente, bastante, que ha trabajado con él. Y en todos estos años nadie me dijo que fuera un mal jefe, al contrario. Ni que pagara poco, al contrario. Vale, quizá cuando el desmontaje del tinglado alguien me haya dicho que se iba dolido, pero no conozco a nadie que quiebre y cierre su empresa y le despidan sus trabajadores con aplausos.
No le he visto enfadado nunca. Ni hablar mal de nadie de la profesión. En una ocasión, recuerdo que estábamos comiendo un grupo de diseñadores en el salón de la chimenea del Tragaluz, bromeó sobre el trabajo que F. Gutiérrez había hecho para el rediseño de El País Semanal, diciendo que no era para tanto… Fernando no se lo tomó bien. Yo por aquel entonces no me llevaba bien con Fernando, había escrito un texto sobre un diseño suyo y no le había gustado… yo salí en defensa de Fernando porque aquel trabajo me parecía realmente excelente. Cuando nos íbamos, el Gutiérrez me dio las gracias. No le he vuelto a ver, pero quiero pensar que aquello sirvió para que enterráramos nuestras rencillas.
Mariscal da mal en los medios escritos y audiovisuales, porque descoloca y puede hacer que uno se sienta incómodo con su humor inquietante, por el contraste entre la contundencia de lo que dice y la ingenuidad con que lo dice. Sucede exactamente lo contrario en la distancia corta donde esa contundencia e ingenuidad se entienden bien, o al menos a mí me lo ha parecido siempre.
Mariscal ha estado en todas las defensas de lo que creía justo. Defendió a Daniel Gil por quien siente devoción. Le plantó cara a Álvarez del Manzano públicamente cuando el lío de la llama olímpica, que bien podría haber callado y trincado, pero estaba defendiendo la dignidad del jurado de aquel concurso y la de todos los que nos dedicamos a esto. Mariscal ha estado cuando se le ha llamado si creía que la causa lo merecía, fuera una exposición de homenaje, una defensa de los derechos humanos o más recientemente una alcaldesa que pudiera hacer de su ciudad un lugar mejor. Cuando en 2003 seis o siete diseñadores se levantaron durante la entrega de los Premios Nacionales para gritarle un rotundo No a la Guerra al ministro y al Rey, uno de ellos era Mariscal. No hace falta decir que la foto y el nombre que salieron en los periódicos fueron los suyos.
Para que este artículo fuera bueno, ahora tocaría darle un poco de cera a Mariscal, decir las cosas de él o de su trabajo que no me gustan… No pienso hacerlo. Con una saña que no habíamos visto entre diseñadores y sin ningún compromiso con la verdad, llevamos semanas viendo a gente que se encarga de eso. No son troles anónimos, son diseñadores con nombres y apellidos. El espectáculo es triste. Entre otras cosas porque pareciera que las redes y los blogs no merecen que la crítica sea razonada. Ni tan siquiera veraz. Hemos leído que Cobi era un plagio, “de útero ajeno…”, sin molestarse en mencionar ese supuesto útero. Eso no es crítica ni opinión, es lanzar mierda. O que cobró siete millones de euros por el logotipo de Bancaja. Así, sin despeinarse, aunque sea mentira. Es triste. Y quizá es lo que merece esta profesión que se ha perdido el respeto a sí misma. Texto Alvaro Sobrino

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