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De las economías y la cultura


Hemos oído hablar en estos meses mucho de la economía. Se refieren a ella como un ente abstracto, de límites difusos. Como si una suerte de vasos comunicantes en una única red sostuviera todo el engranaje. Cuesta creerlo. No coincide luego la economía de las personas con la de las grandes corporaciones. En el mismo informativo nos dirán que los 23 españoles más ricos aumentan su fortuna en un 16% durante la pandemia, para a renglón seguido contarnos que las peticiones de ayuda para comer crecen hasta un 50% en las grandes ciudades. Cuesta creer, aunque se esfuercen en convencernos de ello, que esto forme parte de la misma economía.
Sería sensato empezar a hablar de las economías, en plural. Habrá que decir que ni se sostienen ni se retroalimentan, sino que compiten entre ellas y muchas veces será necesario elegir. No sabemos aun cuántos vacunados salimos de la crisis anterior, aunque parece que las cosas se están haciendo mejor. Europa está reaccionando sin priorizar del todo los intereses de la macroeconomía, parece que esta vez se está apostando un poco por la recuperación social además de la financiera, aunque habrá que ver cómo acaba.
En esta situación de paréntesis en la actividad, hemos visto que existen tres prioridades: la primera es el turismo y la hostelería. Su peso en el PIB y el empleo que ocupa justificaría suficientemente cualquier medida de apoyo. Pero va más allá. Se ha generado un estado de opinión innecesario, como si de este sector dependiera el futuro de todos. Cuesta aceptarlo. El modelo está desde hace años caduco, las ciudades y las costas están sufriendo un proceso de deterioro social, y los daños colaterales parece que no cuentan frente a los resultados. Ese proteccionismo no hace sino agravar el problema, y ejerce de tapón a cualquier actividad alternativa. Otro sector protegido es el del automóvil. Cobró peso en los años en que éramos, dentro de Europa, un país barato para las multinacionales. Ya no lo somos. Mantener artificialmente una industria sin una reconversión a medio plazo es siempre un problema.
Y vamos a la tercera pata del banco: la cultura. Se nos permitirá dejar fuera el deporte y los toros, que compartan ministerio y presupuesto no significa nada más que los organigramas lo aguantan todo. Conviene recordar que tanto la Constitución como la Declaración de los Derechos Humanos no protegen la industria cultural, como tampoco lo hacen con las inmobiliarias cuando defienden el derecho a la vivienda. Es importante. La Constitución dice que: “los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho”. La declaración de los DDHH por su parte lo expresa de la siguiente manera: “toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y a participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten”.
Es decir, lo que está protegido es el derecho ciudadano de acceder y disfrutar de la cultura. Que se promueva el contenido cultural –la industria– no es sino una consecuencia. Pero parece que se nos olvidó hace tiempo. Se les olvidó a quienes decidieron que había que subir el IVA y equipararlo con el de los bienes y servicios no esenciales. Se les olvida también a quienes insisten en invertir en las editoriales y no en las bibliotecas. A quienes protegen con su desidia un sector del ocio cultural cada vez más elitista y de pago, inasequible para una juventud castigada por la precariedad. A quienes consideraron que las actuaciones en directo desaparecerían de las ciudades, penalizando y castigando a los locales que lo intentaban.
La situación de confinamiento ha generado un debate acerca de la creación de contenido y el acceso al mismo en circunstancias excepcionales. Nuevas formas de teatro, conciertos desde casa, directos y tutoriales… se ha señalado la importancia de la cultura en circunstancias excepcionales, pero no se ha analizado el significado de ese esfuerzo no recompensado. Como si la creación cultural no tuviera costes fuera de la industria. Incluso hubo que hacer un apagón para que el ministro se diera cuenta.
Hay que replantearse la cultura desde el ciudadano y no desde el tejido empresarial que lo genera. Si los teatros no se llenan porque son caros, la solución es abaratar la entrada, no subvencionar a la compañía para que represente en teatros sin llenar. Extiéndase esto a la música, al cine, a las artes plásticas, a la poesía, a la ilustración… y al diseño. Sí. El diseño, visto desde el otro lado, también es cultura. Aunque eso, si cabe, es todavía más imposible que llegue a entenderse algún día. (Publicado en Visual 203)

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