MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Diseñar en tiempos de guerra


No estábamos preparados para el decrecimiento impuesto. Nadie podía anticipar que un virus sería capaz de hacer saltar por los aires una economía basada en la huida hacia adelante, donde el consumo es el motor que pedalea para que la bicicleta no caiga.
Estamos en un sistema que reposa su eficacia en el crecimiento de lo prescindible. Y solo la economía de lo esencial ha sido capaz de afrontar en el tiempo esta nueva economía. Seguimos comiendo y consumiendo ocio doméstico, pero hemos pospuesto casi todo lo que puede esperar. Todas las estrategias están representadas por esa recuperación que no es sino “volver a lo de antes”. ¿Y si lo de antes era el error?
Hemos dado por bueno un sistema basado en la máxima generación de activos con el mínimo esfuerzo en capital humano. Las estructuras no están pensadas para mantenerse si se reduce la producción. Alguien pensó que congelar temporalmente la fuerza de trabajo podía ser suficiente, pero nadie tuvo en cuenta que el problema social era el menor para la economía. El Estado, afortunadamente, ha puesto los paracaídas necesarios para las personas, pero con la mirada puesta siempre en la diosa economía. El parche social –necesario, imprescindible, menos mal que esta vez sí– no podrá mantenerse en el tiempo. Lo que está lastrando a las empresas –y a las economías familiares– son los costes no asociados a la producción. Los bancos siguen cobrando sus créditos e hipotecas. Hay que pagar alquileres de locales cerrados. El Estado sigue cobrando sus impuestos. Es muy posible que los políticos y gestores no hayan estado a la altura, que las decisiones inmediatas y la necesidad imperiosa, la urgencia, haya sobrepasado a la estrategia. Pero sobre todo, los que se han visto arrollados por la realidad han sido los economistas.
El sistema económico lleva un siglo perfeccionando un paradigma erróneo: concentrar la producción a gran escala con el mínimo coste para concentrar el máximo beneficio. Donde había cocinas escolares, hoy hay menús de catering; donde había cuidados, hoy hay grandes multinacionales de aparcaviejos. Donde la vivienda era un recurso, hoy es un fin y un negocio a gran escala. Un sistema que basa su eficacia en el mínimo de mano de obra para el máximo rendimiento, que a su vez genera un problema de excedentes de capital humano que ha de ser resuelto con políticas sociales que amenazan con colapsar el equilibrio económico del propio Estado. Vayamos al ejemplo más tópico. ¿En qué momento se decidió que para echar gasolina no era necesario un operario, que el cliente podía hacer ese trabajo? Hoy nos realizamos nosotros las gestiones del banco y los papeleos oficiales, nos cobramos a nosotros mismos en el supermercado. Y en esta nueva realidad, la tele-enseñanza nos propone el primer escalón para la formación sin profesor. La adquisición de bienes se resuelve con grandes centros de logística y un ejército de precarios transportistas. Cada vez queda menos espacio para el trabajador, que compensamos con la cobertura social por parte del sistema. Es una cuerda que llevamos décadas tensando, y la pandemia ha servido para convertir en general lo que había de ser excepción. Sí, temporalmente. Pero no sabemos cuánto de esto ha llegado para quedarse.
Traslademos ahora esta situación al diseño, a la comunicación, a la cultura. En los últimos meses hemos visto que podemos vivir sin diseño, y sin industria de la cultura. Como en las guerras. Ha sido especialmente cruel en el caso de la cultura. Con buen criterio, los creadores se han lanzado a explorar fórmulas para mantener la creación sin estructura. Pero no sabemos qué pasaría si lo que era un gesto puntual de solidaridad en una situación crítica, empezara a tomarse como una alternativa real. Tampoco el diseño ha salido bien parado. Las empresas han empezado a recortar por la comunicación, porque hay menos que comunicar y sobretodo, porque la inversión en comunicar es menos rentable cuando el receptor está encerrado en casa, ha reducido sus necesidades y priorizado sus esfuerzos. Se ha pasado de una situación de “vender más”, eso que identificamos con crecimiento, a “producir menos”, adaptar la producción a la demanda decreciente. Y ahí la comunicación es un esfuerzo mucho más caro.
De momento, nos queda esperar a ver cómo es la ansiada recuperación. Y sobretodo, esperar a ver cómo es la realidad que nos queda cuando esta se haya producido. Hubiera sido un buen momento para plantearnos que es posible que el problema está en el modelo, que no podemos seguir anclados en los recetarios del siglo XVIII para un mundo que ya no volverá a ser igual. No somos optimistas en eso.
En la historia, las guerras suponían la quiebra de la economía de lo prescindible. Comer, vestirse, había que seguir haciéndolo. Pero todo lo demás podía esperar. En el caso de las guerras, la industria del consumo se reconvertía en industria para el conflicto bélico. Los que hacían vestidos pasaban a hacer uniformes, los que producían coches o tractores pasaban a fabricar armas y tanques. Si en esta guerra todo lo que se nos ocurre es intentar salvarnos haciendo mascarillas, mal vamos.

Plausive

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