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Fortunato Depero. Marchar, no marchitarse


DEPERO 7La sede madrileña de la Fundación Juan March acoge hasta el mes de enero de 2015 una amplia muestra retrospectiva sobre el artista Futurista Fortunato Depero en la que, además de pinturas, esculturas, escenografías, obras sonoras y tapices, tanto propias como de colegas de movimiento, destacan sus míticos trabajos de diseño y publicidad para Campari. Publicado en Visual 171



El 20 de febrero de 1909, el diario parisino Le Figaro publicaba el Manifeste du Futurisme. Firmado por el poeta italiano Filippo Tommaso Marinetti, el texto era una inequívoca y provocadora declaración de principios que, a la vez que arremetía de forma vehemente contra el arte anquilosado y burgués del XIX, establecía las bases de un arte nuevo y completamente revolucionario.
Como si de un nuevo Heráclito se tratase, Marinetti defendía la velocidad, el movimiento, la mutación permanente de las cosas y la guerra como motor de transformación de la historia y la sociedad. Ensalzaba asímismo la temeridad, el peligro, la violencia, la lucha, las masas, las revueltas populares y abogaba por la completa destrucción de museos, bibliotecas y academias, por considerarlos templos de un arte decadente y muerto.
Entre sus frases más celebradas se encontraba aquella que propugnaba que un automóvil de carreras con su capó adornado de gruesos tubos semejantes a serpientes de aliento explosivo… Un automóvil rugiente que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia. Escandalosa frase para el año 1909 que no por repetida durante décadas ha perdido su sentido sino que, muy al contrario, resulta clave para entender la transformación artística iniciada por el Futurismo y que sería adoptada posteriormente por el resto de vanguardias de ese incipiente siglo XX: por primera vez, un movimiento artístico elevaba a la categoría de arte lo popular, no entendido como folclore, sino como el resultado de las nuevas formas de vida surgidas en las sociedades urbanas y capitalistas tras la Revolución Industrial. A pesar de su aparente aspecto anecdótico, la frase de Marinetti colocaba la piedra fundacional de lo que posteriormente sería, por ejemplo, la comunicación comercial posterior al art&craft del XIX, el diseño gráfico contemporáneo y, el último término, el Pop Art.

Embellecer lo cotidiano.

Si partimos de la base de que un objeto de consumo como el automóvil es bello, entonces no habrá problema para que también lo sean los rótulos de una fábrica, los membretes de sus impresos y facturas, los carteles para anunciar una conferencia, los títulos de crédito de una película, las cubiertas de un libro, o incluso cosas aún más efímeras, como la portada de una revista semanal, un juguete o una simple botella. Y si no son bellos, ¿por qué no hacer lo posible para que lo sean?
Con esta filosofía eminentemente Futurista surgió en 1919, en la localidad italiana de Rovereto, la Casa d’Arte Futurista de Fortunato Depero. Un estudio especializado en el diseño y manufactura de muebles, alfombras y juguetes que comenzaría su actividad de forma modesta y que, apenas seis años después, llegaría a participar en la Exposición Internacional de las Artes Decorativas e Industrias Modernas celebrada en 1925 en París.
Aunque nacido en Fondo, en la región de Trento, en 1892, Depero pasó prácticamente toda su vida en Rovereto. Allí, en el lugar elegido para fundar su estudio, comenzó a escribir sus primeros poemas, realizar sus primeras pinturas de temáticas, social e inspiración simbolista, y familiarizarse con la escultura en mármol, una habilidad que le permitiría entrar en contacto con artistas como Umberto Boccioni o Giacomo Balla –junto al que firmaría el manifiesto Reconstrucción futurista del Universo–, que ya habían abrazado el ideario Futurista y al que Depero se adscribiría en 1915, fecha en la que será oficialmente aceptado como miembro de dicho movimiento.
A pesar de su prolífica, original y valiosa producción artística –que abarcará desde figurines para teatro hasta pinturas o tapices–, la actividad más lucrativa de la Casa d’Arte Futurista sería, sin lugar a dudas, la publicidad y la comunicación comercial.
Si en un primer momento los encargos procedían de compañías teatrales, entidades relacionadas con la cultura o editoriales –como el Istituto Editoriale Italiano de Umberto Notari, encargada de publicar los textos de Marinetti–, no tardaron en llegar pedidos de grandes empresas como Verzocchi, para la que realizaría carteles, anuncios e incluso organizaría, años después, una exposición en la que arte y publicidad se daban la mano, y en la que diferentes artistas debían crear una obra en la que aparecieran de alguna forma los famosos ladrillos refractarios VD producidos por la compañía.
Esta clarividencia de Depero para el arte comercial, la promoción y la autopromoción alcanzaría uno de sus puntos álgidos con la edición de Depero futurista (1927), un libro con una diagramación inaudita, concebido junto al poliédrico personaje de Fedele Azari –aviador, poeta, editor, dandi y pintor milanés– y que contenía los trabajos publicitarios realizados por el autor a lo largo de quince años de actividad. Un producto que anticipaba el libro objeto y cuyas páginas podían ser patrocinadas por compañías, clientes o particulares, como fue el caso de los empresarios Richard Gnori y Davide Campari que, además de colaborar como patrocinadores, adquirieron posteriormente decenas de ejemplares del libro ya acabado.

Si la lluvia fuera Campari…

La relación de Depero con Davide Campari se remontaba a algunos años antes de la publicación de Depero futurista, concretamente a los primeros años de la década de los 20, aunque su colaboración sería mucho más estrecha a partir de 1925.
El artista de Trento puso su talento, su dominio del color –es de destacar la capacidad de Depero para trabajar con colores planos que, además de un magnífico resultado estético, permitían una óptima reproducción en las imprentas de la época– y su audaz manejo de las tipografías –obtenido en buena parte gracias a sus experimentos poéticos con caligramas–, al servicio de la empresa de licores para la que también diseñaría la característica botella cónica –e icónica– que, más de medio siglo después, aún se sigue produciendo.
Por si esto no fuera suficiente, Depero también inventaría eslóganes clásicos para la marca, como “Con un occhio vidi un Cordial con l’altro un Bitter Campari”, Davide Campari, un triple evviva”, “Distrattamente mise il bitter Campari in testa” o “Se la pioggia fosse di Bitter Campari”, algunos de los cuales utilizaría en otro de sus inventos publicitarios: los poemas radiofónicos, pequeñas cuñas comerciales alabando de forma más o menos poética las virtudes de productos como el Bitter de Campari y que, posteriormente, utilizaría para promocionar marcas como San Pellegrino o Pirelli.

New York, New York…

En 1929, Depero da muestras una vez más de su clarividencia en lo que se refiere a detectar los lugares telúricos de la expresión artística. De esta forma –y en contra incluso del criterio del propio Marinetti, que seguía considerando París como la Meca de las artes y las vanguardias–, Depero se traslada a Nueva York por considerar que la ciudad norteamericana es la ciudad Futurista por excelencia. Allí permanecerá hasta 1931, tiempo durante el cual continuaría desarrollando su trabajo de diseñador –con un estilo muy similar al que posteriormente desarrollarán diseñadores como Jim Flora– para cabeceras como Vanity Fair, MovieMaker, The New Yorker o Vogue. También realizaría figurines para teatro, trabajos para los almacenes Macy’s e incluso fue el responsable del interiorismo de varios restaurantes, actualmente desaparecidos por haber sido demolidos para erigir en su lugar el Rockefeller Center. Toda esta experiencia norteamericana sería volcada en el Manifiesto del arte publicitario futurista, escrito y publicado a su regreso a Italia en 1932, y en el que Depero mostraba su convencimiento acerca de la influencia que la publicidad tendría en el arte del futuro. No se equivocaba.

Senza fine.

A pesar de la estrecha vinculación del movimiento Futurista con el fascismo italiano y del desprestigio que este hecho provocó a muchos de sus componentes, Depero nunca renegó de ello y hasta el final de sus días se consideró un “artista Futurista”.
De hecho, esta leyenda aparecería impresa en tarjetas, octavillas y materiales promocionales de su Casa d’Arte, algo que, acabada la Segunda Guerra Mundial, le provocaría no pocos problemas con las autoridades italianas, las mismas que no habían dudado en encerrar al poeta Ezra Pound en una jaula por su colaboracionismo con el gobierno de Mussolini. Previendo un desenlace similar al del escritor norteamericano, Depero decidió viajar de nuevo a Estados Unidos donde permanecerá desde 1947 hasta los años 50, desarrollando diferentes proyectos, entre los que se cuentan la publicación en inglés de su autobiografía, la conclusión de New York–Film Vissuto su filme iniciado en 1933 sobre sus impresiones de esa megalópolis y que nunca acabaría o la creación de un museo sobre su persona.
A su regreso a Italia, calmadas ya las aguas y con un desarrollismo que permitía a los italianos olvidar los desastres de la guerra, Rovereto recibe a Depero como el gran artista que es. Finalmente, el sueño de agrupar en un mismo lugar buena parte de su obra acaba haciéndose realidad y, un año antes de su muerte acaecida en 1960 por las complicaciones derivadas de una diabetes, ve la luz la Galleria Museo Depero, entidad que en 1989 pasó a formar parte del Museo d’arte moderna e contemporanea di Trento e Rovereto y que actualmente es el único museo del mundo dedicado en exclusiva al movimiento Futurista.
Hasta enero del próximo año, la Fundación Juan March se convertirá en una suerte de sede de esa Galería Museo Depero gracias a la muestra Depero Futurista (1913-1950). Una exposición compuesta por más de trescientas obras procedentes de colecciones privadas y museos de diferentes partes del mundo, que pretende acercar al público los frutos de una de las personalidades más prolíficas, creativas, complejas, inabarcables y hasta cierto punto desconocidas del arte del siglo XX. Texto: Eduardo Bravo

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