¿Cuál es la diferencia entre inventar y diseñar? Me declaro incapaz de responder a esta pregunta de manera rotunda. Si hay una respuesta está en que tanto el invento como el diseño tendrían un objetivo: mejorar las condiciones de vida de la especie. “Discutible”, me dice mi hemisferio izquierdo, “defínete”. Lo intentaré. Publicado en Visual 164
Un invento es algo que surge de una idea, de una intuición, de una reflexión, o del azar. Fleming descubrió la penicilina porque en su laboratorio un cultivo bacteriano fue contaminado por un estornudo cuya mucosidad hizo que surgiera un hongo que destruyó las bacterias del caldo. Si no hubiera estado con el ojo puesto en la lente del microscopio, la humanidad se habría resentido del no-descubrimiento, y la esperanza de vida, reducida (lo que habría liberado a los gobernantes actuales de aplicar la eutanasia malthusiano-económica a la población no productiva). Cristóbal Colón descubrió América sin quererlo, buscaba el camino a Asia y se topó con otro continente que otros habían olfateado sin llegar a tocar ni siquiera la piel de una indígena.
Un diseño es el perfeccionamiento de una idea, de una intuición, de una analogía. Aunque el disparo de salida sea el azar. Adrien Douady –un matemático insigne que desarrolló ramificaciones de los fractales de Mandelbrot– contaba que sus descubrimientos eran fruto de un estado de duermevela: cuando se acostaba acumulaba imágenes que al despertar ponía en orden. No eran sueños, eran ensueños, que se concretaban con la luz del día. Entonces diseñaba las estructuras complejas: les daba luz, las hacía comprensibles, para sí y para los demás.
Inventos hay muchísimos; diseños eficaces, algunos. La ballesta optimizó el arco, la pólvora sustituyó a los dos, pero hubo que diseñar un instrumento de propulsión (un cañón), que permitiera que la energía pirotécnica inventada por los chinos se convirtiera en algo letal, arma de fuego, un proyectil: diseñar es proyectar. Gutenberg diseñó un invento —que no era suyo, sino de los chinos—, así nació la tipografía, signos móviles ordenados sin los cuales no podría publicar este artículo esbozado a mano con un bolígrafo, irreproducible tal cual en una revista. Entre una escritura original y lo que el lector ve pueden mediar siglos. O no, ya que el bolígrafo se inventó hace poco más de sesenta años: quien haya viajado por África y se haya alejado de los hoteles de lujo (relativo) para turistas, recordará que a su paso por las aldeas una horda de chiquillos le seguía con el ruego: “Toubab*, donne-moi un Bic!”. La felicidad puede residir en un bolígrafo: función, forma y deseo; el bueno, el feo y el malo. El bueno es función (necesidad), el feo, circunstancia (adecuación, en el peor de los casos, moda); el malo, ideología (mercado). Categorías separables, sustituibles simétricamente por lo útil, lo bello y la chapuza.
Marcel Bich lo tuvo muy claro cuando dejó su empleo en una empresa de productos de oficina (Encres Stephens) y creó, con los pocos ahorros familiares, su propio negocio. Embarcó en éste a Edouard Buffard, director de taller de Stephens, pero se encontraron con que, debido a la penuria de materias primas en la posguerra, el ministerio de Producción Industrial francés prohibía la creación de nuevas empresas. No se arredraron y adquirieron la licencia de otro empleado de Stephens que se había instalado sin éxito por su cuenta para fabricar cuerpos y capuchones de pluma estilográfica. Incorporaron a René Delattre, otro desertor de Stephens, que llevaría la contabilidad, y a Robert Legras, que sería el responsable administrativo. Fundando la Sociedad PPA (Porte-plume, Porte-mines et Accéssoires) empezó –en un local de 300 m2 de la periferia de París, con vigas metálicas carcomidas por el óxido, goteras, tres o cuatro viejas máquinas y sin operarios– la primera gran estrategia europea de lo que ahora se denomina I+D. Ninguno de ellos era diseñador ni ingeniero, pero conocían bien el terreno y tenían experiencia, cada uno en su propio campo de acción: de una obsesión de Marcel Bich –una esfera que distribuyera uniformemente la tinta contenida en una cánula para evitar manchones– nació en 1950 el Bic Cristal, que por su transparencia permitía ver la cantidad de tinta restante (3.000 metros de escritura). El ingenio, además, encontró otros usos no previstos: en las escuelas, con proyectiles de papel mascado, como cerbatana para darle en el cogote al del pupitre de enfrente (o peligrosamente, al odiado profesor de mates); para los médicos que ejerciendo en el Tercer Mundo, era (y es) intrumento de urgencia para practicar traqueotomías, y en las cárceles, con una aguja hipodérmica incorporada, como jeringa para chutarse un pico, o también, con una aguja de coser, para hacer tatuajes. En 1973, cuando la empresa exportaba ya en casi todo el planeta, lanzaron el encendedor Bic, que acabó con los mecheros tradicionales. En 1975, la maquinilla de afeitar de usar y tirar, y en 1997, después de adquirir la patente alemana, la pluma Tipp-Ex. Inventos sencillos, baratos, eficaces y desechables: consumibles.
Hoy se venden a diario unos 15 millones de bolígrafos Bic en todo el mundo. Cuando, al empezar la producción, se plantearon la marca, la primera opción era Bich. Fue abandonada enseguida: demasiado cercana del inglés “bitch”, puta. Bastó con eliminar una “h”.
*Toubab: blanco. Hay varias interpretaciones sobre el origen de la palabra.
Texto: Albert Romero





One comment on “La necesidad, la moda, el mercado”
Clar
4 de septiembre de 2014 at 15:26La moda es una forma de entretenimiento pero también de encontrar aquello que nos identifique. La ropa se convierte en una forma de expresar quien eres y . por eso, el estilo de cada persona está muy valorado. Muchas gracias por compartir tus ideas y un saludo.
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