MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Lo trendy, ¿más que una moda?


La historia del diseño gráfico, como la del arte, va ligada a movimientos y personas que dieron un quiebro en la forma de entender la comunicación visual. Desde el renacimiento al modernismo, del consructivismo ruso a la Bauhaus, de Brody a Carson, hasta hace apenas unos años las revoluciones –conceptuales o formales– tenían un epicentro geográfico desde el que sus aportaciones y hallazgos se extendían con mayor o menor celeridad hacia otros lugares del planeta.
Hoy en cambio la tecnología permite que surjan tendencias y escuelas cuyos miembros se encuentran físicamente distantes. Los profesionales más jóvenes se vinculan a unas y otras de forma instantánea, sin necesidad de viajar ni despegarse del teclado. Los diseñadores –y los consumidores– ya no son diferentes dependiendo de su lugar de origen, ni siquiera del de residencia (al menos en nuestras opulentas sociedades occidentales). Aquí y en Australia, legiones dispersas de nuevos diseñadores escuchan la misma música en sus iPods, se informan de la actualidad en las mismas webs y comparten experiencias y links a través de un número siempre creciente de blogs.


Las tendencias gráficas se multiplican y suceden a un ritmo trepidante. Hoy es la ilustración de aire japonés, el mes que viene las letras dibujadas a mano. Los que ya tienen una larga trayectoria profesional a sus espaldas miran con cierto desdén lo que consideran modas pasajeras que embrutecen el diseño. Aferrados a la máxima de “el buen diseño es el que perdura pasado el tiempo”, no acaban de entender la lógica de esta nueva corriente internacional en la que la evaporación de las barreras entre diseño e ilustración y el recargamiento formal no se limita ya a los flyers y otras piezas efímeras y menores.
El consumo cultural y la comunicación con el usuario o cliente están experimentando un cambio extraordinario. Se leerá menos, pero se recibe más información que nunca. La población nacida después de 1970 ha descubierto el mundo a través de la ventana de internet. Recibe una cantidad y variedad de mensajes visuales apabullantes; la competencia es feroz y los clientes buscan la manera de distinguirse y hacerse notorios en una auténtica jungla visual. Ser el elegido entre un número ya casi infinito de posibilidades de consumo depende de la capacidad de conectar con un público que recibe y discrimina imágenes y mensajes a una velocidad jamás vista.
A rebufo de Nike, cada vez son más las empresas que lo intentan contratando para sus campañas internacionales a jóvenes diseñadores que pertenecen a esa nueva generación y manejan sus códigos. Los que lo intentan a través de ejercicios de estilo que tratan de seguir “lo más in del momento” suelen fracasar estrepitosamente (ejemplos, sobre todo en el campo de la publicidad, los hemos tenido clarísimos). El nuevo receptor tiene el ojo entrenado, su retina está ducha en el arte de mirar y seleccionar al primer golpe de vista.
Cabe preguntarse si esta cultura del zapping continuo no se está extendiendo también a nuestros hábitos de consumo, cultural y del otro. ¿Consumimos (en la doble acepción del término de adquirir y de agotar hasta destruir) a golpe de novedad atractiva? Ya pocos buscan como nuestros abuelos un abrigo para toda la vida. ¿Necesita la comunicación visual, especialmente la que se realiza en pro de productos y servicios que compiten con otros por el beneplácito del público, renovarse a cada paso para no quedarse obsoleta?