El cambio de año es un buen momento para la autopromoción. Es, al menos, el momento en que, tanto los diseñadores como sus clientes aprovechan para enviar su fe de vida bajo la forma de un calendario. En tiempos donde toda nuestra vida late al ritmo de la batería de un iPad, iPhone y demás artefactos de la nube digital, podría pensarse que a los calendarios físicos les queda un escaso terreno de juego (al fin y al cabo, todos nos hemos acostumbrado a utilizar los calendarios de nuestros terminales informáticos para gestionar nuestro tiempo personal y profesional). Publicado en Visual 154
Por el contrario, liberados de su dimensión utilitaria, los calendarios son hoy un territorio perfecto para la creatividad tipográfica e icónica. Lejos queda ya el concepto de calendario de pared que no era otra cosa que un póster acompañado de un previsible listado de números agrupados en columnas. Hoy, los calendarios tienden a saltar del plano vertical, juegan con los formatos y los materiales, rompen inercias de lectura e invitan a la interacción. Cuando yo era pequeño, mis padres, a falta de canguro, solían llevarme con ellos si tenían que salir de casa. Con mi padre iba, por ejemplo, al taller de coches, si le tocaba llevar o recoger su Seat 1430 a causa de alguna avería. Mi madre, por su parte, me llevaba al mercado. Ambas experiencias resultaban más bien tediosas. La gente se veía en el compromiso de hacerme alguna carantoña –con esa familiaridad agresiva e idiota que suele emplearse con los niños, sobre todo si son ajenos– y a plantearme preguntas perfectamente prescindibles, que solo provocaban malhumorados monosílabos (quizá la clarividencia ante el futuro me convertía en un niño permanentemente cabreado). Posiblemente fue durante aquellas agotadoras maratones de aburrimiento por cortesía del mundo adulto que aprendí a interesarme por el aspecto de las cosas. Mi mirada vagabundeaba por aquellos ámbitos pródigos en objetos incomprensibles y fundamentalmente sucios. Mientras los mayores se afanaban en su parloteo, mis ojos se demoraban en la cabeza cortada y sanguinolenta de un pollo o en un enorme panel de herramientas que a mí me resultaba tan carente de significado como un cuadro de Jackson Pollock .
Pero hay algo que recuerdo especialmente: los calendarios. Estaban en todas partes. Los formatos y composiciones tipográficas eran igualmente previsibles y anodinas, mas, ¡ay!, cuan radicalmente distintas eran las “estrategias comunicativas” entre el contexto masculino del taller mecánico y los reinos matriarcales del mercado… En este último, todo eran bucólicos paisajes pirenaicos, lánguidas ilustraciones de Ferrándiz o imágenes religiosas con un regusto inequívocamente glam. Pero las ventanas que abrían los calendarios en las grasientas paredes de los talleres eran harina de otro costal.
Vivir tu despertar sexual contemplando el calendario de un taller de coches tiene, probablemente, algunas consecuencias que pueden marcar indeleblemente un destino. Pienso en aquellos calendarios, con chicas que exhibían su caucásica desnudez, de formas generosas y turgentes y entiendo porqué, a diferencia de algunos delicados y exquisitos colegas, Audrey Hepburn solo me parece la imagen menos terrible de la anorexia. Ya lo dijo el filósofo: el hombre es lo que come y, para el niño desganado y enfermizo que yo era, no había mayor festín visual que aquél de los calendarios poblados de presencias exhuberantes, provenientes de un mundo donde siempre era verano.
Yo no sé si aquellos calendarios de mi infancia eran de mucha utilidad, es decir, si resultaban eficaces para consultar, administrar y gestionar los días y semanas que el año atesoraba. Me inclino a pensar que su valor era más bien simbólico y ornamental. En los talleres, servían para medir los niveles de testosterona de los trabajadores y en las carnicerías podían ser un «hermoso” contrapunto a tanta víscera y miembro amputado.
Los años –esos que de alguna forma son los protagonistas de este artículo– pronto me enseñaron que había un punto de encuentro entre los bajos instintos que despertaban aquellas imágenes y la fotografía de calidad: el calendario Pirelli y otros semejantes. Estos calendarios ya existían en mis años infantiles –el Pirelli nació en 1964, de la mano del fotógrafo de los Beatles, Robert Freeman–, pero difícilmente se exhibían en los escenarios habituales del proletariado.
Uno de esos escenarios era la cocina de mi madre, donde siempre había un calendario. Pertenecía, obviamente, al género paisajístico, con una marcada preferencia por la representación fotográfica o pictórica del hórreo gallego. Su perfecta caligrafía de colegio de monjas se apretujaba en los escasos márgenes que ofrecía una negra y basta tipografía de palo para dar cuenta de todo tipo de efemérides familiares: cumpleaños de primos lejanos, citas con el médico, pagos de recibos y un largo etcétera de compromisos generalmente enojosos.
Siendo ya un mozo, descubrí en la mítica tienda Vinçon de Barcelona la solución perfecta a los problemas de espacio de mi madre: un calendario de formato Din A2 en la que toda la superficie estaba consagrada a la tipografía, a razón de un mes por página. Era un diseño de America Sanchez. Podía imaginarme perfectamente la grácil caligrafía de mamá revoloteando alrededor de aquellas robustas cifras en Futura Condensed (si no me traiciona la memoria). Pero mi ilusión chocó con la dura realidad: en la cocina de mi casa no había sitio para un calendario tan grande, así que hubo que colgarlo en la sala de estar, enfrentado a un cuadro enorme que representaba una reunión de ciervos en medio del bosque, donde un pintor naturalista había reformulado, muy a su pesar, algunos parámetros esenciales de la representación cubista del espacio. Creo, en cualquier caso, que con aquel calendario intruso, algo importante se quebró en la armonía familiar, al menos a nivel estético.
Y como el tiempo acaba poniendo a todos en su lugar, aquél niño malhumorado e incompetente para el trabajo duro, acabó por dedicarse a la gráfica, una profesión en la que nadie te ve como un memo si empleas largas horas de tu vida en mirar y coleccionar artefactos visuales. Una profesión en la que llamamos “tener un buen archivo” a lo que los servicios sociales suelen considerar “síntomas incipientes de Síndrome de Diógenes”.
Así pues, como grafista, a mí también me ha tocado diseñar algún que otro calendario. Diseñar calendarios que la gente envía como obsequio navideño te hace reflexionar: con lo poco que nos gusta a todos en general que se nos echen los años encima, resulta fascinante y digno de estudio el entusiasmo con el que celebramos cada nuevo año. Si uno se para a pensar, no deja de ser un pelín inquietante ese ejercicio de poner por escrito los contados días que el año nos ofrece: cuando éste expira, los calendarios son los notarios de la consumación (y de la derrota). Véase por ejemplo, uno de los calendarios que ilustra estas líneas: la diseñadora Paz Blanco ha generado una metáfora de la vida humana a través de las páginas de su trabajo “Time & Weather”. Enero comienza con la imagen de un recién nacido, mientras que en meses sucesivos se representan etapas significativas de una vida –crecimiento, independencia, maternidad, etc.– hasta llegar al mes de diciembre, donde sólo encontramos una línea horizontal subrayando un gran espacio en blanco: escalofriante.
El diseñador indio Sudhir Kuduchkar apela a la simbología para justificar la presencia de cuervos en los calendarios que envía cada año como autopromoción: “el cuervo significa inteligencia y en la cultura hindú es símbolo de buen agüero”. Mirar como revolotean esas espléndidas y enlutadas figuras entre esos números donde se cifran los días –etéreos e insignificantes–, no deja de provocarme una cierta melancolía.
Algo parecido me sucede con el trabajo del británico Paul Betowski para Fredigoni. Como si de una muñeca rusa se tratara, los meses van emboscados unos dentro de otros en sucesivas cajitas de forma cúbica, de tal suerte que, cuando llegas al mes de diciembre y abres el último cubo, te encuentras perfectamente empaquetada la nada. Sólo faltaría haber impreso el lema “memento mori” (recuerda que has de morir) en el fondo de la cajita. Pero la metáfora llega al paroxismo con el trabajo del ucraniano Yurko Gustsulyak. En su calendario para VS Energy Inter, los días se corresponden con cerillas reales que podrán autodestruirse cuando pase la fecha.
Pero en los calendarios también hay espacio para la poesía visual –véase los trabajos de Enric y Claudi Satué– o para dar rienda suelta a la especulación formal y simbólica, como vemos en los trabajos de Marilu Rodriguez, Gideon Dagan o el estudio Extra!.
Por mi parte, no puedo dejar de pensar en aquellas bellezas que brillaban en los grasientos calendarios de mi infancia. El tiempo, que patrocinaban con tanta inconsciencia, se habrá vuelto contra ellas y no es del todo seguro que hayan ganado en sabiduría. Muchos calendarios nos han llovido a todos desde entonces: mapas de los días que nos han traído hasta aquí. Como decía aquel aguafiestas de Quevedo: “¿De qué sirve presumir, rosal, de buen parecer, si aun no acabas de nacer cuando empiezas a morir?”




