MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Ocho ilustradores en la torre de la canción


ImaplaIlustrar textos poéticos no es una práctica habitual ni mucho menos fácil. Para los ilustradores es todo un reto conectar su personal imaginario con textos tan densamente trabados en el mundo de la metáfora. La editorial 451 publicó el libro Ilustrísimo Sr. Cohen. Se trataba de una insólita iniciativa editorial en la que ocho ilustradores interpretaban veinticuatro canciones del poeta y músico canadiense Leonard Cohen. El libro, de gran formato y diseño minimalista, ofrece todo el protagonismo a la imagen. Cada ilustración está acompañada por un texto de Alberto Manzano, viejo amigo de Cohen y experto en su obra, en el que se traza la génesis y el contexto de cada una de las canciones. Elisa Arguilé, Arnal Ballester, Carlos Cubeiro, Imapla, Pep Montserrat, Elena Odriozona, Sonia Pulido y Sesé unen sus diversas miradas en esta obra poliédrica donde el mundo de Cohen adquiere los matices más diversos e insospechados. Carlos Cubeiro, uno de los padres del proyecto junto a Alberto Manzano y Jordi Vicente, nos habla en el presente artículo de cómo ha visto la luz este libro. Publicado en Visual 153


Hace más o menos un año estaba sumergido en la lectura de Book of Longing, el último poemario publicado por Cohen. Se trata de un libro profusamente ilustrado por el propio autor. En realidad, más que ilustraciones, se trata de dibujos no necesariamente relacionados con los textos con los que conviven, constituyendo un discurso visual prácticamente autónomo, en el que abundan los autorretratos, las figuras femeninas y una simbología no demasiado clara, a veces acompañados de textos manuscritos. Ya conocía la obra gráfica de Cohen, a otro nivel de su calidad como músico y poeta, pero poseedora de un innegable encanto. Es remarcable su espontaneidad e inmediatez. Como señala Luis Eduardo Aute, “es un grafismo limpio, seguro, rotundo”.  Hay una desinhibición en el trazo que resulta el reverso de su metodología como compositor de canciones: es legendaria la lentitud con la que ha compuesto la mayoría de ellas –de ello da fe su relativamente escasa producción discográfica–. Sabemos que le ha costado años dar por concluido alguno de sus temas y, de hecho, en los conciertos que ha ido haciendo a lo largo de los años, no ha dejado de retocar algunos de los textos que canta. Imagino que su producción gráfica supone una especie de contrapunto a esa actitud de orfebre concienzudo y casi obsesivo que aplica en su obra literaria y musical. En cualquier caso, fue con la visión de esa convivencia entre dibujos y poemas que la idea se me apareció nítida y se instaló como una necesidad a la que debía dar curso con urgencia: el propio autor estaba señalando el camino. De pronto me parecía inexplicable que no se hubiera hecho ya: el imaginario de Cohen estaba reclamando a gritos ser ilustrado.

Desde el principio, no tuve ninguna duda de que el libro debía ser una obra coral. Por supuesto, me apetecía ilustrar alguna de las canciones, pero como admirador de la obra de Cohen, me apetecía mucho más disfrutar de las interpretaciones gráficas que podían hacer algunos de los mejores ilustradores del país. Para ser sincero, la constancia no es una cualidad de la que pueda presumir, así que el proyecto no habría salido adelante si no hubiera contado con el estímulo que supuso hacer partícipe del mismo a Alberto Manzano, traductor y amigo personal del poeta canadiense desde hace ya treinta años. Aunque solo lo conocía por sus libros, entrevistas e iniciativas en torno a Cohen, Alberto era ya para mí un viejo conocido al que no dudé en escribir. Al fin y al cabo, mi proyecto era muy modesto al lado de algunas de las cosas que Alberto había hecho ya por la obra de Cohen, como presentarle al genial Enrique Morente –lo que daría lugar al disco “Omega”, un hito en la historia del flamenco– o montar la gira de homenaje y el disco “Acordes con Leonard Cohen”, con la colaboración de primeras figuras nacionales e internacionales.
Lo que en aquel momento yo no sabía es que, casi simultáneamente, Jordi Vicente –un profesional todoterreno del mundo editorial– ya le había hablado a Alberto de la idea de hacer un libro ilustrado sobre canciones de Cohen. Solo nos quedaba reunirnos los tres y poner ideas en común.
Dado que residimos en distintos lugares, nuestros encuentros tuvieron lugar en terreno neutral: un bar de la Plaza de La Virreina, en el corazón del barcelonés barrio de Gràcia. Así, entre whiskies y cervezas, fuimos dando forma a lo que queríamos hacer. Casi desde el principio, Cohen estuvo al tanto del proyecto, ya que una de las primeras decisiones fue la de contar con uno de sus autorretratos para la cubierta. A través de Alberto, le hicimos llegar una maqueta del libro, pidiéndole permiso para utilizar su dibujo y él nos envió sus bendiciones.
Lo que al principio habíamos considerado un valor añadido –explicar el origen o el contexto de cada una de las canciones–, pronto se impuso como uno de los valores centrales del libro. Al fin y al cabo, pensamos, las letras se encuentran disponibles en internet, pero no así la información que Alberto, como experto en la vida y obra de Cohen, podía aportar. El formato, 30 x 30 cm, prácticamente el de la funda de un LP, fue una de las primeras decisiones que consensuamos sin dificultad. Por una parte, nos hacía gracia el guiño que supone poder guardar el libro junto a los viejos vinilos que algunos todavía conservamos. Por otra, es un formato que permitiría a los ilustradores una gran libertad compositiva, tanto por la neutralidad de sus proporciones –ni vertical, ni apaisado– como por su generosa dimensión.
Aunque la dirección de arte del libro ha sido mi principal aportación, la elección de los ilustradores se hizo de común acuerdo con Jordi y Alberto. A mí me hacía especial ilusión contar con Sesé, Arnal Ballester y Pep Montserrat. A su reconocida calidad se suma mi especial admiración por la obra de cada uno de ellos. Que sean, además, amigos y compañeros en la Escola Massana, me facilitó, cómo no, su inmediata simpatía por el proyecto. Dado que de esta manera ya sumábamos cuatro ilustradores, se nos ocurrió que una premisa para elegir a los cuatro que nos faltaban es que fueran mujeres. Hicimos una lista con diversas ilustradoras que nos parecían adecuadas y, atendiendo a la diversidad del conjunto pero sin perder un cierto hilo conductor en la forma de entender el oficio, resolvimos en pedir a Elisa Arguilé, Imapla, Elena Odriozola y Sonia Pulido su colaboración. Hay que decir que todas reaccionaron muy positivamente y entendieron, en seguida, que no se trataba de un proyecto editorial al uso. El nuestro era todavía un libro en busca de editor. Un libro en el que estábamos invirtiendo muchas horas y, sobretodo, mucha ilusión, pero que todavía estaba lejos de ser una realidad.
Jordi Vicente ha sido el factor fundamental para que todo acabara cuajando. Jordi conoce en profundidad el mercado editorial y es una persona que concilia un entusiasmo contagioso con un gran sentido de la realidad. Su pragmatismo estableció correctamente los pasos a seguir, administrando en la buena dirección los esfuerzos de cada uno de nosotros. A él le ha correspondido la  extenuante labor de dar a conocer nuestro proyecto en las distintas editoriales, encontrándose a menudo con respuestas que nos abocaban a un callejón sin salida: los editores de música se excusaban aduciendo que ellos no editaban libros, mientras que los editores de libros aducían no tratar temas musicales. Por suerte, al final de este peregrinaje, nos esperaba un editor como Samuel Alonso, de 451 editores, que supo entender el proyecto y hacerlo también suyo.
Una peculiaridad importante de este libro es que hemos puesto a escribir a mucha gente. Desde Luis Eduardo Aute, que generosamente nos ha cedido el prólogo, hasta los propios ilustradores, a los que hemos pedido una sucinta reseña de su relación con el mundo de Cohen. Contar con Aute ha sido, además del  privilegio de sumar al proyecto la voz de un músico largamente admirado, una ocasión única de unir dos artistas que guardan muchas similitudes en su manera de entender la canción  y en su imaginario poético. Lo de los ilustradores ha sido una especie de regalo que nos han hecho. Los hemos arrancado de su terreno habitual de juego para que nos transmitan un poco de esa magia que dominan, esa particular alquimia consistente en convertir las palabras en imágenes.
En estos textos, algunos de los ilustradores han recogido su inicial reticencia hacia su implicación en el proyecto. Por ejemplo, recuerdo que Pep me manifestó sus dudas acerca de la pertinencia de su participación, ya que estaba muy lejos de considerarse un fan de Cohen y más bien navegaba “por otros ríos que ni desembocaban en Cohen ni provenían de él, que ni tan siquiera corrían paralelos”. Es cierto que en este tipo de iniciativas relacionadas con grandes figuras de la canción está siempre presente la idea del “tributo” u “homenaje”, pero no era nuestro caso. La idea era hacer un libro ilustrando los textos literarios de un gran poeta: en eso consistía en todo caso nuestro homenaje, en reivindicar la gran calidad literaria de su obra. Normalmente, cuando los editores llaman a los ilustradores para encargarles que ilustren una obra determinada, no suelen interesarse por sus gustos literarios. No es infrecuente que si a uno le llaman para ilustrar una obra de Dante, Faulkner o Flaubert, deba enfrentarse a la lectura de la obra de unos de estos autores por vez primera y provisto únicamente de una de las cualidades básicas de todo creador: la curiosidad.
Para otro de nuestros ilustradores, Arnal Ballester, este libro le ha ayudado a despejar una duda. Cuando le propuse participar, me confesó que a estas alturas de su vida todavía no había decidido si le gustaba Cohen o no. Después de profundizar algo más en su obra, creo que ahora ha decidido definitivamente que no: “no ilustro a Cohen desde la empatía sino desde la curiosidad por un cierto fenómeno dentro del mundo musical”. En su escrito, Arnal da una clave importante de lo que es el posicionamiento del ilustrador frente a un texto: “la ilustración –al menos la que añade valor– no es acompañamiento ni asensión, todavía menos hagiografía. Más bien es la mirada de quien maneja los recursos de la imagen sobre la obra construida con la palabra”.
En Sesé encontré, además de un gran entusiasmo y un apoyo incondicional desde el primer momento, la mirada lúcida del que acostumbra a transitar por el mundo de la música y la palabra con la misma desenvoltura y capacidad con la que lo hace por el mundo de la imagen. No en vano, a su profesión de ilustrador suma la de músico y compositor especializado en transformar textos poéticos en canciones. En su escrito, Sesé establece paralelismos muy interesantes entre los músicos que han grabado versiones de Cohen –“todos ellos, subyugados a la cadencia, a la atmósfera y al misterio originario”– y la libertad que sus textos suponen para la obra de un ilustrador: “Su universo es tan extraño, te muestra tantas puertas por abrir, te ofrece un abanico tan amplio de posibilidades que, si bien como músico para reinterpretarlo el terreno de juego es más bien limitado, como ilustrador apenas tiene fin”.
Elisa Arguilé, que ha realizado un trabajo en blanco y negro muy valiente y de una gran potencia expresiva, nos ha regalado, además, una reflexión intimista y fuertemente evocadora sobre Cohen: “Su voz me alivia como el rastro de vida que encuentro en el cajón de una habitación de hotel de dos estrellas, con el suelo enmoquetado y con una ventana que no da a ninguna parte”.
Por su parte, Imapla creo que todavía no se ha recuperado del susto del día en que, tras fijar una reunión con Jordi, abrió la puerta de su estudio y apareció no uno, sino tres personajes bastante pintorescos que venían a pedirle su colaboración y a vaciarle una botella de Cardhu. Para ella, Cohen era en gran parte un enigma y creo que sigue siéndolo: Continúo pensando que Leonard es un tipo raro, particular, misterioso y poderoso. Supongo que un poco como cada uno de nosotros. Sus palabras me han acercado a su música y ha sido bonito jugar a ilustrar esas palabras que no dejan de hablar en ningún momento.
Con Sonia, la escena fue parecida, pero transcurrió en la lujosa cafetería de un hotel. Supongo que conocer los nombres de otros ilustradores implicados en el proyecto, le transmitió más seguridad que la presencia de aquellos tres tipos un tanto raros que la rodeaban en el sofá. En cualquier caso, no se atrevió a decir que no. Su texto es una declaración de amor –interrumpido y condicional– por la obra del canadiense, al que escuchó por vez primera siendo muy joven, cuando su padre puso en el reproductor el CD que acababa de comprar: “Quedé enamorada a los dos segundos. Y aunque ha sido un amor fluctuante (épocas de altos y bajos, de escuchas apasionadas y olvidos casi completos), aún brasea”.
Las ilustraciones de Elena Odriozola, realizadas con un delicado tratamiento de lápiz, componen una serie marcadamente onírica. Para ella, el primer recuerdo de Cohen también está asociado a la compra de un disco, en concreto al primer disco que compró siendo casi una niña: se trataba de Various positions, desde cuya carátula aparecía el rostro algo perruno de Cohen, autorretratado con una Polaroid: “Al principio me pareció que el rostro que emergía de la sombra expresaba disgusto pero, después de pasar varios días frente a él, a la vuelta del liceo, comencé a notar que algo de ternura mostraba”. Así que Elena, conmovida, más que comprar, adoptó el disco.
Siempre he pensado –y la experiencia así me lo demuestra– que la implicación emocional sobre aquello que ilustramos acaba restándonos libertad. Así que, dada mi condición de admirador de la obra de Cohen desde tiempo inmemorial, el primer paso que tuve que dar para afrontar este trabajo como ilustrador, fue perderle el respeto a los textos y traicionar esa idea mental que sobre ellos yo ya tenía instalada en mi cabeza. Una cosa es ilustrar un texto y otra muy distinta es intentar reflejar en una imagen un pequeño pedazo de vida. Debía conformarme con lo primero. En todo caso, como decía Oscar Wilde, cada hombre mata lo que ama.  ß

Hace más o menos un año estaba sumergido en la lectura de Book of Longing, el último poemario publicado por Cohen. Se trata de un libro profusamente ilustrado por el propio autor. En realidad, más que ilustraciones, se trata de dibujos no necesariamente relacionados con los textos con los que conviven, constituyendo un discurso visual prácticamente autónomo, en el que abundan los autorretratos, las figuras femeninas y una simbología no demasiado clara, a veces acompañados de textos manuscritos. Ya conocía la obra gráfica de Cohen, a otro nivel de su calidad como músico y poeta, pero poseedora de un innegable encanto. Es remarcable su espontaneidad e inmediatez. Como señala Luis Eduardo Aute, “es un grafismo limpio, seguro, rotundo”.  Hay una desinhibición en el trazo que resulta el reverso de su metodología como compositor de canciones: es legendaria la lentitud con la que ha compuesto la mayoría de ellas –de ello da fe su relativamente escasa producción discográfica–. Sabemos que le ha costado años dar por concluido alguno de sus temas y, de hecho, en los conciertos que ha ido haciendo a lo largo de los años, no ha dejado de retocar algunos de los textos que canta. Imagino que su producción gráfica supone una especie de contrapunto a esa actitud de orfebre concienzudo y casi obsesivo que aplica en su obra literaria y musical. En cualquier caso, fue con la visión de esa convivencia entre dibujos y poemas que la idea se me apareció nítida y se instaló como una necesidad a la que debía dar curso con urgencia: el propio autor estaba señalando el camino. De pronto me parecía inexplicable que no se hubiera hecho ya: el imaginario de Cohen estaba reclamando a gritos ser ilustrado.

Desde el principio, no tuve ninguna duda de que el libro debía ser una obra coral. Por supuesto, me apetecía ilustrar alguna de las canciones, pero como admirador de la obra de Cohen, me apetecía mucho más disfrutar de las interpretaciones gráficas que podían hacer algunos de los mejores ilustradores del país. Para ser sincero, la constancia no es una cualidad de la que pueda presumir, así que el proyecto no habría salido adelante si no hubiera contado con el estímulo que supuso hacer partícipe del mismo a Alberto Manzano, traductor y amigo personal del poeta canadiense desde hace ya treinta años. Aunque solo lo conocía por sus libros, entrevistas e iniciativas en torno a Cohen, Alberto era ya para mí un viejo conocido al que no dudé en escribir. Al fin y al cabo, mi proyecto era muy modesto al lado de algunas de las cosas que Alberto había hecho ya por la obra de Cohen, como presentarle al genial Enrique Morente –lo que daría lugar al disco “Omega”, un hito en la historia del flamenco– o montar la gira de homenaje y el disco “Acordes con Leonard Cohen”, con la colaboración de primeras figuras nacionales e internacionales.

Lo que en aquel momento yo no sabía es que, casi simultáneamente, Jordi Vicente –un profesional todoterreno del mundo editorial– ya le había hablado a Alberto de la idea de hacer un libro ilustrado sobre canciones de Cohen. Solo nos quedaba reunirnos los tres y poner ideas en común.

Dado que residimos en distintos lugares, nuestros encuentros tuvieron lugar en terreno neutral: un bar de la Plaza de La Virreina, en el corazón del barcelonés barrio de Gràcia. Así, entre whiskies y cervezas, fuimos dando forma a lo que queríamos hacer. Casi desde el principio, Cohen estuvo al tanto del proyecto, ya que una de las primeras decisiones fue la de contar con uno de sus autorretratos para la cubierta. A través de Alberto, le hicimos llegar una maqueta del libro, pidiéndole permiso para utilizar su dibujo y él nos envió sus bendiciones.

Lo que al principio habíamos considerado un valor añadido –explicar el origen o el contexto de cada una de las canciones–, pronto se impuso como uno de los valores centrales del libro. Al fin y al cabo, pensamos, las letras se encuentran disponibles en internet, pero no así la información que Alberto, como experto en la vida y obra de Cohen, podía aportar. El formato, 30 x 30 cm, prácticamente el de la funda de un LP, fue una de las primeras decisiones que consensuamos sin dificultad. Por una parte, nos hacía gracia el guiño que supone poder guardar el libro junto a los viejos vinilos que algunos todavía conservamos. Por otra, es un formato que permitiría a los ilustradores una gran libertad compositiva, tanto por la neutralidad de sus proporciones –ni vertical, ni apaisado– como por su generosa dimensión.

Aunque la dirección de arte del libro ha sido mi principal aportación, la elección de los ilustradores se hizo de común acuerdo con Jordi y Alberto. A mí me hacía especial ilusión contar con Sesé, Arnal Ballester y Pep Montserrat. A su reconocida calidad se suma mi especial admiración por la obra de cada uno de ellos. Que sean, además, amigos y compañeros en la Escola Massana, me facilitó, cómo no, su inmediata simpatía por el proyecto. Dado que de esta manera ya sumábamos cuatro ilustradores, se nos ocurrió que una premisa para elegir a los cuatro que nos faltaban es que fueran mujeres. Hicimos una lista con diversas ilustradoras que nos parecían adecuadas y, atendiendo a la diversidad del conjunto pero sin perder un cierto hilo conductor en la forma de entender el oficio, resolvimos en pedir a Elisa Arguilé, Imapla, Elena Odriozola y Sonia Pulido su colaboración. Hay que decir que todas reaccionaron muy positivamente y entendieron, en seguida, que no se trataba de un proyecto editorial al uso. El nuestro era todavía un libro en busca de editor. Un libro en el que estábamos invirtiendo muchas horas y, sobretodo, mucha ilusión, pero que todavía estaba lejos de ser una realidad.

Jordi Vicente ha sido el factor fundamental para que todo acabara cuajando. Jordi conoce en profundidad el mercado editorial y es una persona que concilia un entusiasmo contagioso con un gran sentido de la realidad. Su pragmatismo estableció correctamente los pasos a seguir, administrando en la buena dirección los esfuerzos de cada uno de nosotros. A él le ha correspondido la  extenuante labor de dar a conocer nuestro proyecto en las distintas editoriales, encontrándose a menudo con respuestas que nos abocaban a un callejón sin salida: los editores de música se excusaban aduciendo que ellos no editaban libros, mientras que los editores de libros aducían no tratar temas musicales. Por suerte, al final de este peregrinaje, nos esperaba un editor como Samuel Alonso, de 451 editores, que supo entender el proyecto y hacerlo también suyo.

Una peculiaridad importante de este libro es que hemos puesto a escribir a mucha gente. Desde Luis Eduardo Aute, que generosamente nos ha cedido el prólogo, hasta los propios ilustradores, a los que hemos pedido una sucinta reseña de su relación con el mundo de Cohen. Contar con Aute ha sido, además del  privilegio de sumar al proyecto la voz de un músico largamente admirado, una ocasión única de unir dos artistas que guardan muchas similitudes en su manera de entender la canción  y en su imaginario poético. Lo de los ilustradores ha sido una especie de regalo que nos han hecho. Los hemos arrancado de su terreno habitual de juego para que nos transmitan un poco de esa magia que dominan, esa particular alquimia consistente en convertir las palabras en imágenes.

En estos textos, algunos de los ilustradores han recogido su inicial reticencia hacia su implicación en el proyecto. Por ejemplo, recuerdo que Pep me manifestó sus dudas acerca de la pertinencia de su participación, ya que estaba muy lejos de considerarse un fan de Cohen y más bien navegaba “por otros ríos que ni desembocaban en Cohen ni provenían de él, que ni tan siquiera corrían paralelos”. Es cierto que en este tipo de iniciativas relacionadas con grandes figuras de la canción está siempre presente la idea del “tributo” u “homenaje”, pero no era nuestro caso. La idea era hacer un libro ilustrando los textos literarios de un gran poeta: en eso consistía en todo caso nuestro homenaje, en reivindicar la gran calidad literaria de su obra. Normalmente, cuando los editores llaman a los ilustradores para encargarles que ilustren una obra determinada, no suelen interesarse por sus gustos literarios. No es infrecuente que si a uno le llaman para ilustrar una obra de Dante, Faulkner o Flaubert, deba enfrentarse a la lectura de la obra de unos de estos autores por vez primera y provisto únicamente de una de las cualidades básicas de todo creador: la curiosidad.

Para otro de nuestros ilustradores, Arnal Ballester, este libro le ha ayudado a despejar una duda. Cuando le propuse participar, me confesó que a estas alturas de su vida todavía no había decidido si le gustaba Cohen o no. Después de profundizar algo más en su obra, creo que ahora ha decidido definitivamente que no: “no ilustro a Cohen desde la empatía sino desde la curiosidad por un cierto fenómeno dentro del mundo musical”. En su escrito, Arnal da una clave importante de lo que es el posicionamiento del ilustrador frente a un texto: “la ilustración –al menos la que añade valor– no es acompañamiento ni asensión, todavía menos hagiografía. Más bien es la mirada de quien maneja los recursos de la imagen sobre la obra construida con la palabra”.

En Sesé encontré, además de un gran entusiasmo y un apoyo incondicional desde el primer momento, la mirada lúcida del que acostumbra a transitar por el mundo de la música y la palabra con la misma desenvoltura y capacidad con la que lo hace por el mundo de la imagen. No en vano, a su profesión de ilustrador suma la de músico y compositor especializado en transformar textos poéticos en canciones. En su escrito, Sesé establece paralelismos muy interesantes entre los músicos que han grabado versiones de Cohen –“todos ellos, subyugados a la cadencia, a la atmósfera y al misterio originario”– y la libertad que sus textos suponen para la obra de un ilustrador: “Su universo es tan extraño, te muestra tantas puertas por abrir, te ofrece un abanico tan amplio de posibilidades que, si bien como músico para reinterpretarlo el terreno de juego es más bien limitado, como ilustrador apenas tiene fin”.

Elisa Arguilé, que ha realizado un trabajo en blanco y negro muy valiente y de una gran potencia expresiva, nos ha regalado, además, una reflexión intimista y fuertemente evocadora sobre Cohen: “Su voz me alivia como el rastro de vida que encuentro en el cajón de una habitación de hotel de dos estrellas, con el suelo enmoquetado y con una ventana que no da a ninguna parte”.

Por su parte, Imapla creo que todavía no se ha recuperado del susto del día en que, tras fijar una reunión con Jordi, abrió la puerta de su estudio y apareció no uno, sino tres personajes bastante pintorescos que venían a pedirle su colaboración y a vaciarle una botella de Cardhu. Para ella, Cohen era en gran parte un enigma y creo que sigue siéndolo: Continúo pensando que Leonard es un tipo raro, particular, misterioso y poderoso. Supongo que un poco como cada uno de nosotros. Sus palabras me han acercado a su música y ha sido bonito jugar a ilustrar esas palabras que no dejan de hablar en ningún momento.

Con Sonia, la escena fue parecida, pero transcurrió en la lujosa cafetería de un hotel. Supongo que conocer los nombres de otros ilustradores implicados en el proyecto, le transmitió más seguridad que la presencia de aquellos tres tipos un tanto raros que la rodeaban en el sofá. En cualquier caso, no se atrevió a decir que no. Su texto es una declaración de amor –interrumpido y condicional– por la obra del canadiense, al que escuchó por vez primera siendo muy joven, cuando su padre puso en el reproductor el CD que acababa de comprar: “Quedé enamorada a los dos segundos. Y aunque ha sido un amor fluctuante (épocas de altos y bajos, de escuchas apasionadas y olvidos casi completos), aún brasea”.

Las ilustraciones de Elena Odriozola, realizadas con un delicado tratamiento de lápiz, componen una serie marcadamente onírica. Para ella, el primer recuerdo de Cohen también está asociado a la compra de un disco, en concreto al primer disco que compró siendo casi una niña: se trataba de Various positions, desde cuya carátula aparecía el rostro algo perruno de Cohen, autorretratado con una Polaroid: “Al principio me pareció que el rostro que emergía de la sombra expresaba disgusto pero, después de pasar varios días frente a él, a la vuelta del liceo, comencé a notar que algo de ternura mostraba”. Así que Elena, conmovida, más que comprar, adoptó el disco.

Siempre he pensado –y la experiencia así me lo demuestra– que la implicación emocional sobre aquello que ilustramos acaba restándonos libertad. Así que, dada mi condición de admirador de la obra de Cohen desde tiempo inmemorial, el primer paso que tuve que dar para afrontar este trabajo como ilustrador, fue perderle el respeto a los textos y traicionar esa idea mental que sobre ellos yo ya tenía instalada en mi cabeza. Una cosa es ilustrar un texto y otra muy distinta es intentar reflejar en una imagen un pequeño pedazo de vida. Debía conformarme con lo primero. En todo caso, como decía Oscar Wilde, cada hombre mata lo que ama.