MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Y dos huevos duros


El cacarear sobre el futuro del diseño (o su inexistencia) se ha convertido ya en un género. Hay muchas razones para que el gallinero en el que vive la profesión tenga sus críticos (ya sean gallos o zorros) hacia quienes la han convertido en un ponedor de huevos. Serán las instituciones y sus responsables, que han despreciado desde su ignorancia supina la importancia de la comunicación honrada (y honesta); serán los publicitarios, atentos solo al nivel del aumento del caché, repercutible en la factura para endosar al primo de turno; serán los asesores, que de todo entienden menos de la cercanía con el público (en lugar de la connivencia con el criterio del mandamás); serán los departamentos de márketing, henchidos de cifras estadísticas, incapaces de interpretar nada sin analizar antes los excrementos que salen del esfínter de la competencia para copiarle la dieta; serán los fabricantes que reducen la calidad de sus prestaciones aludiendo a la imposibilidad de salirse de la tangente tecnológica; será el público, rebaño dócil que come lo que le dan, aunque sean residuos de papel impreso mezclado con serrín y acabe como vaca loca. Publicado en Visual 165


¿Seremos los diseñadores, incapaces de decir que no a proyectos absurdos, y propensos a la obediencia hacia criterios impuestos?
La caridad empieza por uno mismo. Ahogados por la tecnología digital (otro síntoma –irreversible– de sumisión al capital disfrazado de democracia), hemos cambiado nuestro ritmo de trabajo. Si, como decía Rosa Llop en un artículo de esta revista, la profesión se repartía antes entre responsabilidades y oficios diferenciados, pero conectados entre sí, los diseñadores somos ahora un equipo sin equipo. El circuito creación-fabricación está roto: entre un encargo y su entrega final hay un proceso espurio que ignora del todo las condiciones de reflexión que todo proyecto exige. De ahí las innumerables pruebas innecesarias para que una simple cubierta de libro se convierta en un via crucis: opina el editor, opina el redactor, opinan los de márketing, opina el autor del libro, opinan los de producción. Y al final, todo recae, cagando leches, en el diseñador gráfico, que es el que ha hecho la primera propuesta sobre la que había reflexionado antes de presentarla, y que al final, entre los compromisos de tanto batiburrillo de opiniones, en muchos casos resulta indigerible: se jodió el invento.
¿Inventar o diseñar? El paradigma de la fusión entre inventor y diseñador podría ser Víctor Papanek (1927-1998). Nacido en Viena y emigrado a EEUU, antropólogo, escritor y profesor, graduado en arquitectura y diseño en la Cooper Union de Nueva York y en el MIT, después de trabajar para la OMS y la UNESCO en países de Asia, África y Sudamérica, pulicó en 1971 Design for the Real World. Human Ecology and Social Change*, libro donde hacía severas críticas a la profesión, acusándola de frivolidad, de hacer trabajos de mala calidad, de estar los diseñadores solo preocupados por cuestiones estilísticas, malgastar los recursos naturales y olvidar sus responsabilidades sociales y morales: “Hoy, el diseño industrial ha colocado el asesinato en las bases de la producción en serie. Al diseñar automóviles que matan a casi un millón de personas cada año, al crear nueva basura que abarrota el paisaje y al elegir materiales contaminantes, los diseñadores se han convertido en una raza peligrosa”. Despreciado, ridiculizado y atacado por sus colegas, fue excluido de los foros especializados. No obstante (su olvido no creo que figure en ningún programa de estudios de escuelas de diseño), su obra permanece: uno de sus proyectos para el Estado de Israel contribuyó a que parte del desierto se convirtiera en vergel; vainas de material biodegradable, lanzadas desde aviones, que al llegar al suelo se abrían y expulsaban miles de semillas a su alrededor, antes de que se inventaran las bombas de racimo. Inventó también una radio alimentada con mierda de dromedario que podian usar tanto el Tzahal sionista como los nómadas de Palestina. Al igual que Bukminster Fuller con sus cúpulas, no pensó en la estética, sino en la utilidad.
Pavlov inventó lo del reflejo condicionado, pero tenía a sus perros encerrados en jaulas. Un día en que el sótano donde estaban presos se inundó, las pobres bestias a punto de ahogarse, presas del pánico, olvidaron todo lo que habían aprendido y dejaron de salivar; no podía diseñar perros, solo estimularlos mediante la dicotomía premio-castigo. Skinner, un psicólogo pavloviano, lanzó en 1948 la teoría conductista, aplicada desde entonces en el ámbito de la ingeniería social a través de la educación y, sobretodo, de la publicidad. A pesar de los esfuerzos de Chomsky para desmentirla y denunciarla.
Josep Pla, un conservador genial, sostenía que el paisaje no lo crea la naturaleza, sino los payeses. En parte tenía razón, pero basta darse una vuelta por la costa mediterránea para ver el despropósito. En Salou, en los 50, los payeses vendieron sus tierras, improductivas por la salinidad del agua, a constructores ligados al Régimen. Entonces llegaron los primeros turistas. Una bendición. Al final imperó el ladrillo por encima del bikini. Texto: Albert Romero

*Víctor Papanek. Diseñar para el Mundo real. Hermann Blume. Madrid, 1973.

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