MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Crónicas desde la cuenta atrás. La dictadura del estándar


La desprofesionalización del tratamiento del color ha tenido, como casi todo, ventajas y desventajas. No quiero ponerme purista. Hoy se genera un volumen de imágenes que nada tiene que ver con lo que sucedía hace tres décadas, cuando revelábamos carretes y las fotografías no pasaban por un ordenador. Estoy hablando, seguro, de una relación de una a mil como poco. La mayoría de esas imágenes no van a lugar alguno. Otra parte acabará en las redes, con un alcance relativo y por tiempo de vigencia limitado, convirtiéndose después en basura de bits, en ese vertedero infinito que es la nube.
Pero vayamos a las imágenes que se reproducen. Se han juntado dos circunstancias: Los artilugios que las captan han evolucionado, la calidad de las fotografías que cámaras y teléfonos generan ha mejorado y ha sido un proceso vertiginoso. Hoy tenemos menos control sobre la captura, porque no nos hace falta, pero esta es mejor. No solo técnicamente, nuestro teléfono nos engaña y aplica algoritmos para que las fotos “nos parezcan” mejores, aunque se correspondan menos con la realidad que se está fotografiando. Insisto, yo ni a favor ni en contra. El fotógrafo que quiere tener el control puede tenerlo, es cierto que más en las cámaras y menos en los móviles. Todo esto contribuye a un mundo con un nivel estándar de imagen medianamente aceptable si no nos ponemos quisquillosos. Consumimos como ciudadanos de a pie tantas imágenes que tampoco nos daría tiempo a ser exigentes.
La segunda circunstancia es que en lo que debería ser la parte alta de la pirámide de las imágenes, nos encontramos un páramo. Las imprentas son hoy más fiables, pero les exigimos mucho menos. La responsabilidad se ha trasladado al creador –fotógrafo, diseñador o ilustrador– que deberá entregar un archivo que no será prácticamente revisado ni corregido ni optimizado. Hoy apenas existen servicios de “fotomecánica”, y los que hay están dedicados a ediciones especiales. Como la cámara de nuestro móvil, los programas de las máquinas que usan las artes gráficas detectarán automáticamente errores y decidirán cómo subsanarlos, algo que antes hacían personas. Y antes lo habrán hecho nuestros programas de edición, con criterios bastante sorprendentes a no ser que hayamos dedicado sabiduría –que casi nadie tiene– y tiempo a definir los perfiles de color. Otra vez, el estándar es el que manda.
Insisto en que todo esto es solo una realidad, ni buena ni mala. Siguen existiendo los profesionales y los medios para el control, mucho más precisos y sofisticados que antes. Pero costosos, con unos costes que no están en los presupuestos y precios que generalmente maneja el mercado. No hay que alarmarse, posiblemente ese coste no sería rentable en el 99% de los casos, hoy los resultados son suficientes para lo que los editores de contenidos precisan. Y posiblemente, los ojos de los espectadores ya no estén educados para apreciar las diferencias. Por supuesto, con todas las salvedades y excepciones.
Esta realidad del mercado condiciona también la formación. Porque hoy se exige, se presupone, el control de la herramienta. Y al mismo tiempo, ser muy versátil. Por poner un ejemplo, en un campo distinto… ponemos de moda la tipografía “a mano”. Que se puede hacer con fuentes digitales con resultados aceptables… pero es necesario un conocimiento que no siempre se tiene. Y nos encontramos todos los días grandes campañas gráficas de grandes empresas que son un despropósito tipográfico, que te sangran los ojos… a ti. Ni al cliente, ni a los que lo aprobaron en la agencia, ni por supuesto al ciudadano medio. A ellos les gusta. Es la realidad del mercado, no nos ofusquemos. Falta lo que antes se llamaba oficio. Pero no importa mucho. Y tampoco es algo que nos pase solo a nosotros. Les está pasando a los cocineros. Sucede cuando vamos a comprarnos ropa. O en la frutería… nada hace pensar que esto pueda remitir. Es la dictadura del estándar.Publicado en Visual 202

Texto: Alvaro Sobrino