MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Las trincheras gráficas del humor (II)


Aquel viejo adagio que popularizó Woody Allen, “el humor es tragedia más tiempo”, es difícil de aplicar en las revistas satíricas, dado que se nutren, básicamente, de la actualidad, para comentarla, criticarla y poner a la vista sus costuras. Ejercen, por ello, un complicado equilibrio en este mundo donde el fortalecimiento de las comunicaciones ha venido acompañado de un debilitamiento cutáneo de la ciudadanía, cuya piel, cada vez más fina, siempre acaba supurando en forma de diversos victimismos. Los “ofendiditos”, gente bien intencionada, son ciudadanos ejemplares, exquisitos cumplidores de la norma y eficacísimos recicladores de basura, pero también de tópicos: velando porque ninguna minoría sea objeto de chanza, consiguen perpetuar las etiquetas y la victimización de esas minorías que pretenden defender.
El humor de verdad es horizontal y perfectamente democrático. Excluir a nadie de sus dardos es convertirlo en un intocable, un marginado. El humor bien entendido empieza por uno mismo.

las trincheras 2

Tras diez minutos que los alumnos aprovechan para comentar lo que les parece su nuevo profesor –hay opiniones encontradas–, G reaparece con un aire un tanto abatido.
Amigas y amigos, ya estoy aquí, disculpen esta interrupción, pero los hombres de edad tenemos que pagar algunas deudas con nuestro cuerpo, doblegado por el uso y los años.
Aprovecho el momento para, antes de continuar, ofreceros una suerte de conclusiones sobre lo ya expuesto. Hemos visto cómo, cuando el humor no se conforma con la terapéutica carcajada y adquiere tintes de crónica o de denuncia con aspiraciones de cambio, adopta los modos y las formas de la sátira. Desde antes de la Revolución Francesa, decíamos, los artistas gráficos ya querían dejar constancia de su perplejidad ante el mundo que les había tocado vivir. Las estampas satíricas, que declararon su guerra solitaria contra los abusos del poder y las arbitrariedades del pacto social, acabaron agrupándose y formando parte de publicaciones satíricas, auténticas trincheras gráficas y literarias desde las que el humor ha venido lanzando sus dardos, mojados en diversos venenos. Haciéndose eco de las realidades de su tiempo, estas revistas han funcionado como necesarios espejos de feria, devolviéndonos, con sus risibles deformidades, los diferentes rostros de esa actualidad que los órganos oficiales de información nos sirven perfectamente adulterada bajo la equívoca apariencia del rigor periodístico. Hemos repasado ya algunas de las cabeceras más importantes del siglo XIX. Es hora de avanzar.
No sé si las revistas satíricas albergan la intención de cambiar el mundo a través de sus lectores, imagino que no, ya que la ingenuidad es una mala compañía para la inteligencia. Más bien parece que la relación que se establece no es tanto la del adoctrinamiento como la de la complicidad. Los actuales lectores de Mongolia, por ejemplo, sienten que, en esta encrucijada donde la cultura y la telebasura se confunden, las instituciones regresan a la caverna, la izquierda política es liderada por personajes exentos de moral e ideología, y el clero se empeña en participar en el debate público como si aun representaran a alguien, hay un medio que con humor e información los acompaña en el espanto de ser copartícipes de unos tiempos oscuros y vergonzantes.
Creo que hoy he empezado por el final, ya que Mongolia, liderada por los ya mediáticos Edu Galán y el exquisito ilustrador Darío Adanti, es la más reciente cabecera –su lanzamiento data de 2012– que ha pasado a formar parte de las imprescindibles de la historia de la prensa satírica de nuestro país. Formada en gran parte por disidentes de El Jueves, defraudados porque la revista se avino a retirar una mordaz portada sobre la abdicación del Rey Juan Carlos I, ha lanzado sus dardos contra la monarquía, la extrema derecha, los histéricos apóstoles de la corrección política, el nacionalismo y, siguiendo una sana tradición, los privilegios y canalladas de la Iglesia. Sus portadas siempre sorprenden con ingeniosos fotomontajes en los que, ejem, conspicuos personajes de nuestra realidad política suelen ser los protagonistas. Mongolia, como toda revista satírica que se precie, ha visto amenazada su existencia, no por la censura, sino por perder una demanda económicamente muy cuantiosa, interpuesta por un torero que se sintió agraviado al ser utilizada su imagen para un chiste bastante inocente. Alguien que se gana la vida convirtiendo en espectáculo la muerte de un animal le ha torcido el brazo a la libertad de expresión: es muy revelador del paupérrimo estado de nuestra justicia (disculpadme la opinión).
Me temo que no estoy citando muchos nombres femeninos, si es que hasta ahora he citado alguno. No se trata de que a las mujeres no les interese el humor, sino más bien de lo de siempre: el nuestro ha sido, hasta ahora y lamentablemente, un mundo de hombres en el que la participación femenina se ha hecho muy difícil, cuando no imposible. Por eso me gusta destacar a una de las colaboradoras de Mongolia, la viñetista Flavita Banana, la más brillante humorista gráfica de su generación, sin distinción de géneros. Ella representa un estilo de humor inaugurado por Quino, que no persigue la carcajada, sino una suerte de reacción emotiva que nos deja pensando. ¿Se acuerdan de las conexiones que establecíamos entre humor y poesía?
He mencionado de pasada a El Jueves, la revista satírica más longeva de España, superando a la –por muchos motivos– mítica La Codorniz. Debemos pues detenernos a hablar de ella, cuna de míticos personajes, como Martínez el Facha, de Kim, o Maki Navaja, del malogrado Ivà. Su formato recuerda al de aquellos viejos tebeos de Bruguera, con su predominio de historietas y personajes habituales. Nacida en 1977, en la Barcelona de la Transición –una ciudad que tiene muy poco que ver con la que hoy es conocida bajo el mismo nombre– El Jueves tenía, al principio, una aproximación más sociológica a lo que sucedía en su entorno, pero la política fue ganando espacio con los años hasta hacerse omnipresente en la actualidad.
La lista de colaboradores a lo largo de sus más de 40 años de existencia es impresionante. Además de los ya citados Adanti, Kim e Ivà, podemos destacar a J. L. Martín, Romeu, Óscar Nebreda, Ja, Ventura & Nieto, Mauro Entrialgo, Perich, Martínmorales, José Luis Ágreda, Joan Vizcarra y en fin, una lista larguísima.
Bromear con el Papa o la monarquía española le ha costado a El Jueves el secuestro de un par de portadas y, lo que es peor, la autocensura, ya que retiró de la circulación el número cuya portada, de Manel Fontdevila, se mofaba de la abdicación del rey. Esto supuso la renuncia de Fontdevila y otros dibujantes, que acabarían fundando su propia revista digital, Orgullo y Satisfacción, desgraciadamente desaparecida por falta de suscriptores. Quizá los lectores de prensa satírica son unos románticos que necesitan el tacto áspero del papel y el denso perfume de la tinta para sentir que la experiencia de la lectura está completa.
Silvana levanta la mano y pregunta a bocajarro: ¿Hay que ponerle límites al humor?
Estaba esperando esta cuestión desde que empezó la clase. Agradezco tus intervenciones. En esta ocasión nos llevan a hablar de algo que se ha discutido mucho en prensa o en tertulias televisivas: ¿Tiene límites el humor? Si yo os diera una respuesta definitiva, os estaría proporcionando una información sesgada e incompleta. Ni siquiera los propios humoristas se han puesto de acuerdo al respecto. Darío Adanti ha reflexionado mucho y muy adecuadamente sobre esta cuestión, incidiendo en lo evidente, que los límites del humor te los proporciona el contexto, pero esto es algo difícil de entender para aquellos que creen que hay doctrinas inviolables. Cualquier grupo humano cohesionado por creencias ajenas a la razón, es decir, religiosas, futbolísticas o patrióticas, por poner rápidos ejemplos, será contrario a que se haga humor a su costa, por no hablar de aquellos temas que constituyen una desgracia vergonzante para la humanidad, como el Holocausto o el terrorismo. Woody Allen ponía en boca de uno de sus personajes aquella vieja idea de que “comedia es igual a tragedia más tiempo”. Hoy puedes encontrar a cualquier persona respetable diciendo aquello de “vayamos por partes, que diría Jack el Destripador”, un chiste bastante brutal, pero atenuado por el hecho de que nadie de los que leyó aterrado en la prensa sobre aquellos terribles crímenes, sucedidos en el siglo XIX, está vivo para escandalizarse. Las personas que vivieron cientos de años atrás devienen personajes casi míticos y sólo a alguien muy desequilibrado mentalmente podría hacerle daño escuchar un chiste sobre la cicuta que mató a Sócrates. El problema con la sátira, que suele alimentarse la actualidad, es que no puede permitirse darse ese tiempo.
“¡La libertad de uno acaba donde empieza la libertad de los demás!”. Exclama el ensimismado chico al que no le gustaba el verso de Neruda.
¿Cómo te llamas, muchacho? Tendré que ir aprendiendo vuestros nombres. ¿Lucas? Bien Lucas, eso que acabas de decir es una frase que se ha repetido mucho, pero que quizá resulte del todo ineficiente para resolver nuestro caso. Para un fundamentalista cristiano seguramente su libertad se sustancie en que nadie a su alrededor utilice el nombre del Dios en vano, o que las mujeres entren con los hombros tapados en los templos (patrimonio de todos), o que en los colegios se separe a los alumnos por sexos. Dado que su libertad está basada en un relato mítico y ajeno a la razón, entra en conflicto con la de cualquier persona ajena a esas creencias. Por desgracia, los fundamentalistas siempre tienen el poder de la violencia, aunque sea judicial. En estos últimos tiempos hemos visto a muchas personas juzgadas por atentar a los sentimientos religiosos, pero no hemos visto a nadie sentarse en el banquillo por ofender los sentimientos de los no creyentes (a los que se ofende sistemáticamente desde púlpitos reales o mediáticos). Resumiendo, que si hay un grupo humano con una idea muy estricta de en qué consiste su propia libertad, puede suceder lo que comentábamos antes sobre el atentado de Charlie Hebdo.
Por tanto, ¿cuáles son los límites del humor? Aquellos que no traspasan la capacidad coercitiva de los ultras de cualquier signo.
El chico del acné en la cara, de nombre Pol, no puede dejar de intervenir:
“¿Esto va a ser siempre así?, porque no me estoy enterando de nada”.
Vamos a ver, quizá estás entendiendo más de lo que te piensas. ¿Dónde crees tú que están los límites del humor?
“Pues que, si un humorista siente que se está jugando el cuello por publicar un dibujo, seguramente no lo hará, aunque él crea que tiene derecho a hacerlo”.
Es decir, piensas que no hay más límites que los que imponen los violentos.
“¡Y el buen gusto!”. Apunta una chica de pelo rosa que hasta ahora no había hablado.
¡Ah, el buen gusto! Aquí abrimos otro melón del que no vamos a poder dar cuenta en esta clase si queremos avanzar materia.
Mirad, quiero que veáis la cantidad de publicaciones satíricas que se publicaban en la Cataluña de principios del siglo XX: en La campana de Gracia y L’esquella de la Torratxa, ambas fundadas en 1874, intervino la primera generación de grandes ilustradores catalanes, como Tomás Padró, Apel·les Mestres, Manuel Moliné, José Luís Pellicer, o Llorenç Brunet. Con el cambio de siglo aparecieron ¡Cu-Cut! (1902) y Papitu (1908), cuyas páginas frecuentó esa extraordinaria generación de ilustradores formada por Joan G. Junceda, Gaietà Cornet, Josep Costa Picarol, Feliu Elias Apa, Xavier Nogués, Ricard Opisso, Romà Bonet Bon o Luís Bagaría, así como a artistas de galería que jugaban a las caricaturas, como Pablo Gargallo, Juan Gris, Picasso, Nonell, Ramon Casas, Josep Aragay, o Manolo Hugué.
A estas alturas, ya se había consolidado una sólida tradición de ilustradores catalanes, que vendría a reforzarse con una tercera y, en muchos sentidos, malograda hornada de dibujantes, como Avel·lí Artís-Gener Tísner, Ernest Guasp, Valentí Castanys, Jacint Bofarull, Pere Calders, Benigani, Arturo Moreno, Jaume Juez Xirinius, Lorenzo Goñi o Josep Bartolí. Todos ellos colaboraban en revistas como la renovada L’esquella de la Torratxa, Xut! (1922) o El bé negre (1931). Es la generación a la que la guerra les desbarató la vida: represaliados, algunos pudieron ganarse la vida colaborando con revistas infantiles; otros pusieron tierra de por medio y regresaron al cabo de los años; alguno, jamás regresó.
Hay quien habla de otra Generación del 27, paralela a la de los poetas –ya saben: Lorca, Alberti, Cernuda y compañía–, la generación de los humoristas que, mediante el uso del absurdo, le dieron la vuelta al humor contemporáneo. Hablamos de Edgard Neville, Tono, Enrique Jardiel Poncela o Miguel Mihura. Las revistas donde colaboraron o con cuyo humor fueron afines fueron muchas, pero podemos destacar Buen Humor (1921-1931) o Gutiérrez (1927-1934).
Tras la guerra, la revista La Codorniz se convirtió en la publicación humorística más importante, publicada ininterrumpidamente desde el año 1941 hasta 1978. Se autoproclamaba “la revista más audaz para el lector más inteligente”. Fueron sus directores Miguel Mihura (1941-1944), Álvaro de Laiglesia (1944-1977), Manuel Summers (1977-1978) y Cándido (1978).
Fundada por el escritor Miguel Mihura, que ya había dirigido durante la guerra La ametralladora, una publicación humorística de apoyo a los sublevados fascistas. Pronto, Mihura dejó la dirección en manos de un jovencísimo Álvaro de Laiglesia, que haría de la publicación la gran obra de su vida. A pesar de sus orígenes franquistas, la revista daría cabida a colaboradores nada sospechosos de adhesión al régimen como Rafael Azcona o Miguel Gila. En sus páginas se forjaron algunos de los humoristas gráficos más representativos de la segunda mitad del siglo XX español, como Tono, Forges, Antonio Mingote, Chumy Chúmez, Jaume Perich, Andrés Rábago Ops o Máximo, entre muchos otros.
En nuestro país vecino, Francia, apareció, de la mano de François Cavanna Hara-Kiri, una revista que se nutrió de pesos pesados del humor galo, como el propio Cavanna y Topor, Cabu o Wolinski. Estos dos últimos serían dos de las víctimas mortales del atentado de 2015 a Charlie Hebdo, semanario que, de alguna manera había recogido el testigo de Hara-Kiri.
Algunos de los más jóvenes colaboradores de La Codorniz se inspiraron en estas revistas para crear Hermano Lobo en 1972, revista capitaneada por Chumy Chúmez y Manuel Summers. Quino, Perich, Gila, Forges, Ops (antes de convertirse en El Roto) fueron algunos de sus viñetistas más activos. En la parte literaria colaboraron Vázquez Montalbán, Francisco Umbral y Manuel Vicent. El Who’s Who de toda una generación.
Quizá haya que agradecerle a la censura franquista la imposibilidad de que los colaboradores, en lugar de hacer chistes sobre la actualidad política, con fecha de caducidad, hicieran un ejercicio mucho más universal para satirizar ciertos usos sociales. Algunas de sus viñetas, vistas desde hoy, pueden sorprender por su frescura y absoluta vigencia.
“¿Entonces, lo límites del humor son buenos?”, replica Lucas.
No es eso lo que estoy diciendo, pero no puedo negar que cuanto más se asfixia a la libertad de expresión, más se agudiza el ingenio algunas veces. Las desgracias pueden ir acompañadas de alguna consecuencia positiva, pero no dejan de ser desgracias.
Lamentablemente, no me queda ya tiempo para hablaros de las revistas satíricas de países que las necesitan mucho más que nosotros, como Rusia, Hungría o Turquía. En la antigua Unión Soviética, una revista como Krokodil supuso una pequeña ventana para que los ciudadanos pudieran respirar un poco echándose unas risas a coste de su torpe e ineficaz estado totalitario, un pequeño milagro de tinta y papel.
Las revistas satíricas se nutren, básicamente, de la actualidad, para comentarla, criticarla y poner a la vista sus costuras. Ejercen, por ello, un complicado equilibrio en este mundo donde el fortalecimiento de las comunicaciones ha venido acompañado de un debilitamiento cutáneo de la ciudadanía, cuya piel, cada vez más fina, siempre acaba supurando en forma de diversos victimismos. Los “ofendiditos”, gente bien intencionada, son ciudadanos ejemplares, eficacísimos recicladores de basura, pero también de tópicos: velando porque ninguna minoría sea objeto de chanza, consiguen perpetuar las etiquetas y la victimización de esas minorías que pretenden defender. El humor de verdad es horizontal y perfectamente democrático. Excluir a nadie de sus dardos es convertirlo en un intocable, en un marginado. El humor bien entendido empieza por uno mismo.
Sin añadir nada más, G recoge sus cosas y se marcha de su manera favorita: a la francesa. Publicado en visual 201


Texto: Carlos Cubeiro