MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Lecciones de vida y fotos de platos


“No entres a comer a un restaurante que en la puerta o en la carta tenga fotos de los platos”. Durante un par de decenios esa ha sido una máxima que mi mujer y yo hemos seguido a rajatabla. La lección es de mi suegro, diseñador gráfico, sibarita gastronómico y mi maestro en estas y otras lides. Para mi yo veinteañero la frase se convirtió en un mandamiento, que pasó a engrosar las tablas de la ley junto a “no te fíes de un vino español que lleva los textos en inglés” y unas cuantas máximas más que han formado nuestro comportamiento turístico-gastronómico.
Con veinte años, consideraba aquellas frases como una lección de gastronomía adquirida con muchos años y kilómetros a sus espaldas, cuando en realidad era una lección sobre diseño.
Este año hemos recorrido buena parte de la costa valenciana, con varias paradas desde Benicarló hasta Santa Pola. Un viaje por chiringuitos, casas de comidas, restaurantes de todo pelo y bares de carretera donde la máxima de no comer en sitios con fotos de los platos se convertía en un reto abrumador. El primer obstáculo ha sido mi hijo, que al contrario de su madre y su padre, no se fija en el logo, el rótulo, el diseño de la carta o la mantelería del restaurante, sino en las fotos decoloradas de los platos de puntillas y las hamburguesas gigantes. Hay un punto de sadismo hacia sus padres cuando pide de una carta plastificada el plato que quiere señalándolo con el dedo, sin dignarse siquiera a leer el nombre del plato. “Quiero esto” sirve para encargar la comida. Y es que para eso está.
No invertir en su imagen siempre nos ha parecido una mala práctica comercial y un desprecio hacia nuestra labor profesional, cuando es en realidad su modo de alcanzar a su público objetivo. La mitad de los platos que definen nuestra gastronomía costera son indescifrables en otros idiomas, y sus descripciones pueden llevar antes al asco que al hambre. Así, hay que confiar en despertar los sentidos por la vista, y facilitarle la labor a cualquier guiri que quiere comer señalando de una carta, sin tener que hacer el ridículo de poner a prueba su deficiente español pronunciando “chopitos” o “pipirrana”. La misma filosofía se puede aplicar para familias con niños muy pequeños o que se niegan a leer el nombre de los platos durante sus vacaciones de verano.
Las fotos de comida son las vidrieras medievales de la gastronomía turística, que te cuentan la historia sin que sepas leer o conocer el idioma. No están pensados para los monjes que saben leer y escribir, sino para que lo entienda el pueblo llano, analfabeto pero hambriento tras una mañana de playa.
Es cierto que se podría cuidar más la estética, como también Día podría ponerle un poco de mimo al diseño de sus folletos, pero es que el antidiseño también transmite un mensaje: soy barato. Los supermercados low-cost lo hacen para convencer a su público objetivo de que su misión no es ponerlo bonito, sino conseguirte el mejor precio. Trasladado a los restaurantes playeros el tamaño de la foto importa, y el antidiseño también: unidos significa mucha cantidad a bajo precio. El clavo te lo llevarás igual, pero con la sensación de que en el de al lado, con manteles de tela y un logo modernete, habría sido peor.
En Japón han convertido las fotos de platos en arte. El sampuru reproduce en plásticos o resinas los platos de la carta con un realismo apabullante, y todos los restaurantes lo utilizan sin pudor alguno. En la rápida vida japonesa, no necesitas ni pararte a leer; con ver el plato en el escaparate es suficiente para saber qué ofrecen y que tu estómago te pida parar. La cutrez es equiparable a nuestras fotos de paellas, pero es que allí los guiris somos nosotros, y por eso nos encanta poder pedir la comida señalando con un dedo.
Muchos años después he entendido la lección de mi suegro: Si un restaurante tiene fotos de los platos, es que está pensado para los extranjeros; y si está pensado para guiris, quizás se resienta la calidad que tú le vas a exigir a un producto que ya conoces. Lo mismo ocurre con un vino que pone sus etiqueta en inglés. Símplemente, no somos nosotros su target. Publicado en Visual 200

Texto: Nano Trias (www.obaku.es/zenblog)

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