MAGAZINE DE DISEÑO, CREATIVIDAD GRÁFICA Y COMUNICACIÓN

Patrones oscuros


Cualquiera que haya intentado hacer una compra razonada en Amazon habrá experimentado la zozobra que sintieron Dédalo e Ícaro. Si la plataforma de e-commerce hubiera sido el laberinto, podrían estar tranquilos de que el Minotauro no les hubiera encontrado ni con GPS. Productos relacionados, promociones, botones que llevan a un bucle infinito, menús que convierten al Silmarillion en un simple esquema… Tres clics después, eres incapaz de volver a encontrar los productos que viste hace escasos segundos. La única escapatoria de ese laberinto es el omnipresente botón de compra rápida, al que acudimos no por convicción, sino por acabar de una vez con nuestra miseria.
De dar de baja tu cuenta, ni hablemos. Sirva sólo decir que hay centenares de entradas en blogs y videos de youtube que lo explican paso por paso. La página de ayuda de “cancelar tu cuenta” en Amazon te dice todo lo que te perderás, pero curiosamente no dice nada de cómo puedes darte de baja.
Amazon es el ejemplo que los expertos ponen para definir los patrones oscuros en web. Si nunca le habíais puesto nombre, un patrón oscuro es aquel elemento dispuesto para engañar al usuario o dificultar voluntariamente una acción. Esa acción puede ser darte de baja de un servicio, no aceptar las cookies, que no usen tus datos personales o realizar una devolución.
Son patrones oscuros los enormes botones de “descargar ahora” en las webs de recursos gratuitos que en realidad son publicidad, cuando la verdadera descarga se realiza en un texto pequeñito y semioculto. También los textos engañosos del tipo “No acepto que no me enviéis promociones”, o aquellos productos o reservas que te aseguran que del producto que estás viendo sólo quedan tres unidades y un tailandés acaba de comprar una en tus narices. Todos se enfocan en acelerar la compra, asegurar la cesión de tus datos o que visites publicidades que no deseas visitar.
Ahora parece que los medios se han fijado en esos patrones –¿y quién no?– y llevan una temporada inundando sus versiones digitales con la explicación de qué son. BBC, Europapress, New York Times o El Diario son algunos de los medios generalistas que se han hecho eco de la noticia. Y curiosamente, en casi todos ellos la culpa de esas prácticas oscuras recae sobre el diseñador web.
Aún no han comprendido que los diseñadores somos por naturaleza simples. Nos gusta lo claro, limpio y conciso. No porque seamos hermanitas de la caridad, sino porque todo lo demás ensucia la milimétrica belleza de nuestras piezas. La cantidad de blur del fondo, el radio de las esquinas de un botón o la velocidad del ease de una animación; eso sí ha sido cosa nuestra, y nos lleva tanto tiempo dar con la proporción adecuada que no nos queda ni un minuto para pensar en cómo engañar al usuario. En realidad, un diseñador web, UX o UI está diametralmente convencido de que su diseño es más que suficiente para que la gente compre, se suscriba o ceda sus datos y los de toda su familia. Estamos ensimismados en que cada elemento cuadre en el conjunto como si fuera la página de Apple, por eso el “diseño” de Amazon no lo hubiera perpetrado ni David Carson hasta las orejas de ácido. Es más, desde que incorporamos el diseño de interfaz y la experiencia de usuario al diseño web, nos hemos puesto nuestros propios policías, y ya no sólo tiene que ser bonito, sino útil, sencillo y proporcionar una experiencia al usuario por la que quiera regresar. Todo lo contrario a un patrón oscuro, vamos.
Los que maquinan todos esos patrones, mis queridos periodistas, se llaman marquetineros, pero ustedes ya lo sabían. Son los mismos que les enseñaron a poner títulos como El cambio de este actor te sorprenderá o No te creerás lo que ha dicho esta famosa. Son los que pensaron que las modelos no eran suficientemente bellas si no pasaban por la licuadora de Photoshop, o que nos saltase una ventanita en las webs cada vez que rozamos el borde del navegador con la amenaza de perdernos la oportunidad de nuestra vida, u ofrecer contenido descargable de forma gratuita a cambio de que nos suscribamos a un boletín digital. En el mundo físico ya existían todos esos patrones oscuros: regalos o sorteos donde para participar tenías que dar tus datos, descuentos increíbles que caducaban en tres días, ofertas inigualables para las últimas 10 unidades… Curiosamente ningún gurú de la comunicación o periodista se le ocurrió darle un nombre distinto a “publicidad”. También en ellos el primer paso eran los de marketing, y tras sus capas y colmillos ensangrentados, publicistas y diseñadores, claro. Hubiera estado genial que entonces hubieran echado la culpa al que hizo el cartel que anunciaba la promoción por hacerla demasiado irresistible.
Todos sabemos quiénes son los que deciden engañarnos, pero bueno es que haya diseñadores para echarles la culpa. Publicado en Visual 201

Texto: Nano Trias (www.obaku.es/zenblog)